viernes, 11 de mayo de 2007

Desnudarse

Quitarse la ropa no presenta un gran desafío; desnudarse es el dilema. Porque no es lo mismo. No es la tela la que cubre ese núcleo íntimo y privado, tampoco el maquillaje o los múltiples artificios empleados para ocultar un rostro cansado y un cuerpo lleno de imperfecciones. Es el miedo el que cae al desnudarse, es la angustia y la rabia y el dolor. Y no es fácil liberarse de aquellas ataduras, porque han calado hondo, porque están adheridas en mi alma, tatuadas a fuego en mi piel.
Y duele, Dios sabe cuánto duele. Ese Dios que no existe, sólo Él puede saberlo.
Es querer tocar y no sentir, querer amar y no atreverse, querer ser y no encontrar. Desnudarse duele, porque deja expuesta la herida de la traición, esa herida que palpita, que sangra, que llora, que mata; que acusa la pérdida de lo irrecuperable, de la ingenuidad, de lo propio.
Y lloro porque no puedo, porque soy piedra. Lloro porque me quito la ropa, pero no la amargura que amenaza, día tras día, día tras día, con imbuirme en un mundo de horror y de espanto. Lloro porque el miedo me paraliza y me apresa y me hiere y me duerme y me mata. Porque no soy capaz de ser mujer, de sentir, de amar, de entregar, de ser.
Lloro porque el olor de tu piel invade mi cuerpo, mientras tus ojos desnudos imploran algo de calor, y yo, inmersa en la nada, permanezco ajena a ti, impenetrable... como siempre.