Te pregunto desde la distancia, ¿qué te pasó España? ¿Qué te hicieron? ¿Cuándo renunciaste a ser Madre? Has traicionado tu herencia, tu sangre, tu luz; nos has traicionado a nosotros, tus hijos. Te has prostituido en pos de la modernidad y dejaste que la podredumbre de tu tierra hiciera lo mismo con la Cruz, enraizada en las entrañas de Castilla. Porque tú misma estás podrida, nauseabundos olores impregnan tu nombre, hiedes por doquier y lo sabes –lo peor es que lo sabes–, mas no haces nada por cambiar tu suerte. En otros tiempos también conociste la corrupción, es cierto, pero el cañón nunca antes estuvo tan cerca de ti esperando un tirón de gatillo.
Y te pregunto ¿qué será de ti cuando se acabe la fiesta y haya que recoger los destrozos? ¿Qué harás cuando los aplausos se cansen y te dejen, cuando se apague la música que te mantiene idiotizada, se prendan las lucen y puedas ver, esta vez sin distracciones o engaños, el desastre? ¿Por dónde empezarás, España, a reconstruirte? Que no sea que la tarea te sobrepase, te sientas agobiada y el vértigo te impida levantar nuevamente tantas centurias que en tan poco tiempo has derrumbado.
Porque alguna vez la majestad preñaba tu cielo, alguna vez fuiste paridora de titanes de la talla de Cervantes o Velázquez. Y cuando Europa estaba oscura tú brillaste: dos siglos de oro y gloria son parte de tu pasado. Mas sufriste el desprecio de tus vecinos, porque no entendieron tu verdadera belleza, porque te dejaste convencer de que Europa se acababa con los Pirineos, porque te pensaste bárbara y te humillaste al querer imitarlos. Pasaron los años y hubo quienes se dolieron y avergonzaron de ti, pero no sabían lo que vendría después. Cuando el Viejo Mundo se convulsionaba, tú no fuiste la excepción: el rojo tiñó tu suelo, la pólvora se impregnó en tu aire y una profunda cicatriz dividió tu rostro. Conociste el horror y la miseria, perdiste tu libertad durante décadas. Varias generaciones murieron esperando el renacimiento, mas éste nunca llegó. Volviste a ser libre en apariencia, pero renovados vicios te calaron muy hondo; eres esclava y prostituta por no querer ser lo de antaño, por desterrar a Dios de tu vientre, por darte la espalda a ti misma para mirar horizontes que ya auguraban una franca caída. No supiste qué hacer con tu nueva libertad y te abandonaste… Te perdiste.
Otrora fuiste grande, conquistadora y poderosa: proclamaste, arrogante y llena de orgullo, que en tus dominios nunca se ponía el sol. Ahora nadas en tinieblas. Osaste cruzar hacia lo desconocido, desafiar los mapas, poner tu fe en lo imposible. Descubriste tierras nuevas y las hiciste tuyas, ya que no pudiste resistirte; te enamoraste de ellas, de su belleza y su fecundidad. Quisiste fundar aquí el Edén, legarle al mundo, por medio de este suelo, la vitalidad nueva y joven que imploraba. Por la estéril Castilla surgió el Nuevo Mundo y le impusiste tu orden, tu tradición y tu Dios. La Cruz y la Corona se fundieron con esta tierra americana. Nos enseñaste a llamarte madre y patria, porque eso fuiste, porque eso eres aunque hoy no parezca, para nosotros. Tu sangre se mezcló con la aborigen, tu linaje con el suyo, y surgió una raza que es promesa de nuevos tiempos, que espera su hora para brillar con luz propia. Crecimos bajo tu mirada, tu sonrisa y tu cuidado, quisimos ser como tú... quisimos ser tú. Te costó aceptar luego que debíamos soltar tu mano y te aferraste a nosotros. Derramaste nuestra sangre y nosotros la tuya, porque no entendías que no estábamos abandonándote, sino que poniéndonos a tu lado; que no era traición, sino que fidelidad a nuestro destino. No comprendiste que al hacernos soberanos seguiríamos amándote.
¿Qué eres ahora España? ¿Dónde quedó tu dignidad? Convertiste tus catedrales en museos, exiliando de ellas al verdadero Dueño de Casa al reemplazar a los fieles por los turistas, y ellas lloran su desgracia por saberse desacralizadas, violentadas, profanadas. Las exhibes desnudas, porque ni el oro ni las piedras son sus vestidos. Te imploran a gritos volver a ser Templo, recuperar su alma robada. Y tú haces oídos sordos, pues has corrido similar suerte. El espíritu de tus catedrales se enferma, se pudre, se muere; se desangran y retuercen de dolor, al igual que tú. Porque fuiste nación de santos, tierra de místicos, el hogar de Dios, y hoy eres receptáculo de racionalistas descreídos, de ateos inconsolables, de cristianos a medias tintas. Hubo días que levantaste la espada para defender tus creencias, pero hoy, con la misma, las deshonras; días en que el obispo de Roma buscaba tu consejo, pero hoy, es él mismo quien te condena. Te paseas orgullosa demoliendo los muros que otrora quisiste preservar, porque perdiste la batalla contra tus propias dudas y demonios. España de poca fe.
Y qué decir de tu Corona. Lejos quedan los Carlos y las Isabeles, los Felipes y los Alfonsos que la hicieron magnífica. Atrás los grandes estadistas y visionarios pertenecientes a dos ubérrimas dinastías. Y, sin embargo, ni la tradición ni la historia te persuadieron cuando pretendiste fundirla para hacer de ella moneda. Por fortuna para ti, la cordura terminó por imponerse, pero los tiempos habían cambiado: Europa ya no estaba para sentimentalismos nostálgicos del pasado, se había vuelto seria y eficiente, y tu antiguo régimen no tuvo cabida. No te culpo por tu decisión, mantenerla como un símbolo es mejor que hacer rodar cabezas, pero sí lo hago por tu trato: hoy vemos a la Corona envuelta en papel y tinta de prensa barata. Ya no es tu orgullo, sólo un monumento más, un adorno sobre la mesa.
Has abrazado una vida –una muerte– que no te pertenece, mientras agonizas por someterte a leyes que significan tu ruina y que nada tienen que ver contigo. Divorciaste la Ética del Derecho, confundiste lo deseable con el deseo y no te bastó con ello, tuviste además el descaro de llamarlo buenas razones, llenándote la boca con palabras de democracia y libertad, como si ellas fueran un bien por sí solas… poco has entendido España. Destruiste las sólidas columnas que antaño te sostuvieron, ya que olvidaste que el honor era tu código, la gloria tu meta y la Santísima Virgen tu pilar. Volviste todo relativo a las conveniencias, arremetiste contra los absolutos que te fundaron, buscaste tu tumba y la encontraste; mueres en ella y nosotros, tus huérfanos, asistimos a tu funeral, gimiendo por ti, la nuestra Madre Patria.
Nos enseñaste, con fuego y sangre, tu ley y ahora eres la primera en violarla. Nos legaste el contenido de tus tradiciones y hoy las vacías. Nos plasmaste la Cruz en el alma y por estos días la borras. Aprendimos a llamarte madre, pero ya no eres tú, eres otra, desvirtuada, perdida e invadida de gusanos... Sí, somos tus huérfanos.
El dolor de verte enferma, corrompida desde lo más hondo, dobla nuestro cuerpo en dos. La madre que tuvimos nos fue quitada de cuajo y la hemorragia no se detiene. El pedestal que te sostenía no pudo resistir el peso de tu vergüenza. Te precipitaste contra el suelo y el estruendo de la caída hizo eco en los oídos de América, tu hija, quien volvió la mirada, con las entrañas revueltas y el corazón afligido, buscando nuevamente tus ojos. Hay quienes te aplauden, que alaban tu desgracia, y tú ríes complacida, pero a nosotros no nos engañas. Te conocemos bien, España, somos carne de tu carne, por nuestras venas corre todavía tu sangre y sabemos que tras esa apertura a los nuevos tiempos, esa supuesta tolerancia, en lo más profundo tus raíces se lamentan por ti, palpitan y lloran y gritan, y claman para que vuelvas a ser quien fuiste.
Míranos España: somos tus huérfanos porque nos dejas solos en un mundo que necesita oír nuestras voces y contemplar nuestra Cruz. Y nos dejas desvalidos ¿no lo ves? Nos acercamos a ti aturdidos y temerosos, sin comprender el porqué y el cómo de tu destino. La inseguridad nos invade, las certezas se extinguen y sólo cabe preguntarnos si caeremos también en tu tumba, si muere contigo tu legado, si el silencio del acabose es lo que nos corresponde como hijos tuyos.
Y mientras la orfandad va cubriendo a mi tierra americana, te ordeno que vivas. Levántate tierra de toros y gitanos, mosaico de pueblos y lenguas, ponte de pie y recupera lo tuyo. Te lo pido a ti Castilla y León, a ti Andalucía, a Canarias y Cataluña, al País Vasco y Aragón, a Valencia y Extremadura, a Galicia, a Castilla la Mancha… a ti España, que el Ebro y el Guadalquivir te surquen orgullosos nuevamente. Ocupa tu lugar en la vieja y también podrida y gimiente Europa, retorna a tus orígenes y vuelve a ser lo que nunca debiste haber abandonado.
Es que hoy no te reconozco: eres apenas el vestigio de la España que admiré en otros tiempos. Hoy eres sombra, mareada de economía y de efímero poder. Por tus llanuras no volverás a ver cabalgar al Quijote y ya nadie confundirá los molinos con gigantes, porque has procurado encerrar aquella locura en manicomios, mientras los verdaderos locos, los peligrosos, los que te envenenan, se pasean libres haciendo política y falsa justicia. Te confunden con sus palabras, te enredan con sus promesas y te matan con sus actos. Son ellos quienes traicionan tu sangre, tu historia y tu luz; ellos quienes te impulsan al patíbulo y a la tumba, quienes están detrás del gatillo que apunta a tu rostro, quienes te hacen sucumbir ante las tinieblas... quienes destrozan y pudren la Cruz. Mientras que tú permites que así sea...
Y me sumo a ti Miguel y al llanto por tu tierra: ¡cómo me dueles España!
