Pequeños mortales de este lado de la tierra, escuchad:
He sido y seré. Soy la testigo muda de su historia: la misma que hoy los contempla ha visto nacer a sus padres y verá morir a sus hijos. Los veré pasar a ustedes también y yo seguiré acá, majestuosa e imperturbable.
Me llaman anciana, y lo soy, pero no he cambiado; el tiempo sabe que no puede tocarme, ya que la eternidad se pasea por mi cuerpo. Soy fría, pero tengo brazos acogedores que cruzan el valle, piernas abiertas que simbolizan que estoy desde siempre pariendo. Soy mujer, soy hembra… soy la anciana-madre.
Mirarme es descubrir mi alma entre las piedras; escucharme, llenar los oídos de ecos silenciosos; respirarme, saturar de paz el cuerpo; amarme, uno de los tantos peldaños para alcanzar la sabiduría; conquistarme… conquistarme es imposible.
Antaño estallaba en furia vomitando mi sangre y escupiendo azufre. Todos temían mi ira, porque significaba desolación y muerte. Mas luego, persuadida de mi error, hice un juramento de fidelidad hacia esta tierra y este cielo, por eso los protejo separándolos del resto del mundo, y les doy vida: cóndores vuelan sobre mi cabeza, coronada de blanco y de estrellas, diversos animales me habitan, el agua corre por mi cuerpo a perderse hacia el mar. A cambio, recibí más belleza, más grandeza, más dignidad… a cambio, recibí maternalidad.
Entonces, aparecieron ustedes, pequeños mortales, y vivieron de mis frutos. Fue de mí de quien se enamoraron aquellos hombres acostumbrados a la desnudez de las llanuras y en mi honor que fundaron a su Santiago, quien, como niño que es frente a mí, se ha ido acercando poco a poco a mis faldas maternales. Fui yo quien dejó pasar a los padres de su patria, para conquistar lo que, desde los inicios, estaba destinado a pertenecerles. Comprendí de ese modo, que al jurarle fidelidad a la tierra y al cielo, también se la juraba a ustedes. Fui regalada para ser su baluarte y ustedes fueron regalados a mí, convirtiéndose eternamente en hijos míos.
Soy la anciana, la madre, la testigo muda, la fiel, la que seguirá viéndolos a ustedes, pequeños mortales, crecer, cambiar, generación tras generación; inmutable, desde mas allá del Ecuador hasta mis helados pies en la Antártica escondida; siempre bajo un mismo nombre: Cordillera de los Andes.
