Déjenme marchar. Partir silente una noche, sin más despedida que una última mirada... Y que no duela.
Es cierto, hay días que añoro ese nosotros. Y días tortuosos de un abismo presente. Y días tristes golpean inclementes, impíos, acusando la angustia refugiada en una nostálgica sonrisa. Sólo yo lo sé; sólo yo conozco esas manos que oprimen mi garganta, ese insomnio juez y verdugo, ese ejército espectral que habita en las heridas.
Si me dejaran marchar quizás encontrase la paz anhelada y, tal vez, con un poco de suerte, se callase el eco y podría oír su voz otra vez. Y acaso así mis días se librasen del estruendoso silencio; abrir las ventanas, soltar cadenas y limpiar sombras... y comprender que es preciso no volver voltear la mirada.
Si tan sólo, demonios míos, me dejaran marchar...
