miércoles, 26 de diciembre de 2007

Cliché

A J. le gustaba mirar. Sólo eso: mirar. Lo que fuera, porque el gozo estaba en las formas, los colores y el movimiento. Poco le importaba que las imágenes que impactaran su retina fuesen, según los entendidos, sin valor estético. J. estaba convencido que en el papel de espectador radicaba la verdadera sabiduría. Se consideraba a sí mismo como contemplativo, el testigo por antonomasia y por ello concentraba sus energías en capturar la realidad. Porque para él lo real hallaba su punto cúlmine en las imágenes. “Ahí está la vida”, repetía a quien quisiere oírlo, “ahí y no en lo que ustedes creen que es lo real. ¡Me cago en la vida real!” J. sostenía que la lógica y las estructuras eran el artificio con que el pequeño burgués había escondido lo genuinamente vital. Y la publicidad su arma más poderosa. Y eso era imperdonable. Es que J. creía que la verdad poco tiene que ver con lo correcto. Sí, J. era un marginado. Y sí, J. era un cliché, lo que por supuesto le daba lo mismo.

Era tal vez el mejor fotógrafo que existiese; todo un paradigma en el modo de retratar. Aclamado por la crítica y codiciado en toda galería de arte. J. era magnífico, o lo hubiese sido si alguna vez hubiese seguido esos pasos. La verdad es que J., como todo aquel que se piense genio sin serlo realmente, erró el camino. Se dedicó a ser un escritor mediocre, debatiéndose en publicaciones sin gloria y esporádicos trabajos de medio tiempo para subsistir. Es que, a fin de cuentas, nada bueno puede resultar de quien no comprende las palabras.

Sin embargo, él se excusaba aludiendo que aún no encontraba la imagen perfecta para ser relatada. Por ello, sus días transcurrían en la errancia, buscando lo que para J. fuese fuente de inspiración. Solía vagar por las calles, a paso lento e invariablemente con una mano en el bolsillo de un ajado pantalón y sosteniendo en la otra un cigarrillo barato. Su paisaje favorito, otro cliché, era el de las hojas marchitas cayendo en las huracanadas tardes de otoño. Ahí J. hundía su nariz en la bufanda, que otrora le hubiese regalado la amante ya olvidada, y contemplaba el suelo, meditando sombrío que para encontrar la belleza no es preciso levantar la mirada.

H. era bailarina. Desde niña usaba las mallas y los zapatos de ballet, impulsada probablemente por una madre que alguna vez vio sus sueños frustrados por falta de talento. Lo cierto es que H. poseía de sobra esa gracia que sólo se obtiene por medio del favor de los dioses. Sus movimientos eran delicados y seductores, lo que la catapultó a la cima. Cuentan que verla bailar era una delicia; cuentan que cae en trance y que nadie es inmune a su encanto. Dicen que bailaba con los ojos cerrados, aprehendiendo en su piel la sensualidad de la belleza.

Habría sido adorada a escala mundial de no haber tenido la desgracia de nacer en el país incorrecto: sus dotes eran consideradas inútiles en un país que se desvivía por alcanzar un esquivo desarrollo económico. Aún así, H. brillaba en los escenarios, pero sólo en ellos. Apenas se apagaban las luces y se cerraba el telón, en el mismo momento en que cesaban los aplausos y la sala comenzaba a vaciarse, H. se volvía insignificante. No poseía ni atractivo, ni inteligencia, ni nada que la hiciese codiciable. No era más que una pelusa olvidada, una estrella opaca.Por supuesto, H. también era el cliché de la mujer anónima que brilla cuando deja de ser ella.Y, sin embargo, a pesar de haber dedicado todos sus años a la danza, H. detestaba bailar. Odiaba las coreografías, los ensayos y la música. Aborrecía todo lo relativo a los movimientos y a la actuación necesaria para interpretar los papeles principales. Porque H., desde muy pequeña, fue siempre la protagonista del espectáculo. Lo que realmente fascinaba a nuestra bailarina era el cansancio de su cuerpo al finalizar los ensayos, la sangre que corría de sus pies y que teñía las tablas luego de horas de estar en puntas. Eso era lo que apasionaba a H.: la exquisita sensación de estar al borde de la muerte. Eso era la vida.

J. y H. eran la pareja perfecta. Ella era la musa que J. precisaba para sacar a la luz un talento inexistente. Y él era el indicado para darle sustancia fuera de las tablas. Juntos habrían de burlarse de los pequeños mortales que adoraban a la bailarina, porque ambos sabrían el secreto. Para J. las motivaciones de H. habrían sido suficientes para que se acallase el ruido de todo lo que detestaba y poder así emprender, por fin, el rumbo de creía tener destinado. Ver sus dedos ensangrentados, al llegar a casa, y tocarlos con calma y con furia, era todo lo que J. podría anhelar. Sin duda, J. y H. estaban destinados amarse con la pasión propia de una antología épica, destinados a reconocerse con la primera mirada y sus cuerpos a complementarse con magistral ímpetu. Porque, en el fondo, ambos eran lo mismo; ambos buscaban la vida en lo innombrable.J. y H. fueron leyenda. Y, por supuesto, nunca se conocieron, lo que convierte este relato en algo que merece la pena ser contado. No hubo ni cartas de amor, ni abrazos apasionados, ni miradas cómplices. Nadie tocó los dedos de H. y J. jamás encontró a su musa. Él nunca escuchó hablar de la bailarina capaz de embelezar a su audiencia, tampoco la vio en las tablas, ni se cruzó con ella en sus paseos por las avenidas en otoño. H. no leyó sus libros, ni supo de la existencia del huraño intelectual que clamaba por vitalidad.

Estaban destinados a estar juntos, mas no lo estuvieron, y para ambos fue tarde: sus vidas fueron la caricatura de lo insípido, el retrato de la nada, la encarnación de lo fatuo… En fin, nada más que un cliché.