Otrora, convencida de la porfía de las palabras y la eternidad de las promesas, juré que habría de convertir mi corazón en roca y mi sangre en agua para no sentir el dolor de no poder amar. Y hube de ocultar y endurecer la mirada. Mis manos se hicieron ásperas, mi semblante despiadado y mis movimientos esquivos. Me sumergí en el silencio y procuré ahogar el llanto, manteniéndome en la más absoluta reserva. Distante. Me encogí. Me doblé. Y comencé a morir de a poco.
Y de pronto, sin avisar, sin más aspavientos que la sencillez de simplemente encontrarse ahí, se paró a mi lado quien, sin saberlo –y en eso está lo hermoso–, dejó en mí su último aliento en un beso. Entonces renegué de mis palabras, abolí las promesas y juramentos, y redimí mi nombre.
Aún no sé cuántas veces se pueda –o se deba– morir, aún no sé. Pero mientras el anhelado respiro tenga ojos claros, habré de prenderme al enigma de ser junto a otro. ¿Quién sabe? Tal vez –y sólo tal vez– la muerte última me encuentre a su lado.
