sábado, 26 de julio de 2008

Retorno

Otrora, convencida de la porfía de las palabras y la eternidad de las promesas, juré que habría de convertir mi corazón en roca y mi sangre en agua para no sentir el dolor de no poder amar. Y hube de ocultar y endurecer la mirada. Mis manos se hicieron ásperas, mi semblante despiadado y mis movimientos esquivos. Me sumergí en el silencio y procuré ahogar el llanto, manteniéndome en la más absoluta reserva. Distante. Me encogí. Me doblé. Y comencé a morir de a poco.

Y de pronto, sin avisar, sin más aspavientos que la sencillez de simplemente encontrarse ahí, se paró a mi lado quien, sin saberlo –y en eso está lo hermoso–, dejó en mí su último aliento en un beso. Entonces renegué de mis palabras, abolí las promesas y juramentos, y redimí mi nombre.

Aún no sé cuántas veces se pueda –o se deba­– morir, aún no sé. Pero mientras el anhelado respiro tenga ojos claros, habré de prenderme al enigma de ser junto a otro. ¿Quién sabe? Tal vez –y sólo tal vez– la muerte última me encuentre a su lado.