miércoles, 3 de febrero de 2010

Sucedáneo I

Melodramas aparte, a veces tengo días malos y a veces días terribles. La gran mayoría empiezan más tirado a terribles, después son sólo malos, pero terminan como empezaron. O peor. Levantarme en la mañana es una tortura, sólo quiero seguir durmiendo. Lo mismo durante el día, que se me hace interminable. He pensado empastillarme para dormir en las tardes. He pensado también equivocar el tomate y cortar más arriba cuando estoy cocinando. El gas no parece una mala opción.

Abro los ojos hasta la mitad cuando estoy sola y me la pienso dos veces antes de bajarme del auto, lo que no hago sin respirar hondo primero. Hay días en que he estado hasta media hora decidiéndome a bajar. Me quedo horas en la consulta, haciendo nada, vagando en 80 metros cuadrados, buscando algo que hacer, acurrucándome en el mismo sillón donde mis pacientes hablan de sus miserias. Noto que camino más lento, que hablo más lento y que pienso más lento. Suelo quedarme sentada en mi cama por mucho rato, mirando fijo, encorvada.

La idea del suicidio se me presenta en todo momento. No lo he hecho porque tengo miedo, no a la muerte misma, sino que a arrepentirme cuando ya no se pueda deshacer lo hecho, lo que es una estupidez. Supongo que me falta convicción. Lo cierto es que me siento una enferma terminal y que no tiene sentido seguir alargando esto. De todas las veces que he estado deprimida, ésta es la primera vez en que creo que no tengo salida. Desesperanza total. Es que, ya sé, lo he sabido siempre, no se puede hacer nada. Y cada hecho, por nimio que sea, que me lo confirme, es vivido como la más dolorosa de las situaciones. Me estoy ahogando y me niegan el aire.

El dolor también es un obstáculo. Para ser tan frágil el cuerpo humano, es muy difícil acabar con él limpiamente. Y que parezca un accidente, aunque eso ya no es tan importante.

Mi analista está de vacaciones. Vuelve en Marzo. Estamos a 3 de Febrero y la distancia se vuelve insoportable. Me asfixio con todo lo que no puedo decir, porque nadie tiene oídos para una moribunda. Él me dijo, en la última sesión, que lo llamara si estoy complicada. Lo cierto es que lo estoy, pero no me atrevo a llamarlo, después de todo, parte del asunto es que me siento una molestia. Es que tampoco sé qué decirle.

Siento que día a día una aplanadora me pasa por encima. Anoche soñé que me ahogaba. Este sucedáneo no funciona. No es lo mismo si no hay reconocimiento. Al contrario, es más angustiante.

El viernes una amiga se va de vacaciones. Me despedí de ella como si no fuera a verla más. Tal vez debiera empezar a hacerlo con todos.