El mar del Caribe es claro, lleno de corales y pececitos de colores. Muere en playas de arena blanca, en suaves olas con poca espuma. Es un mar de poca profundidad, manso y agradable para nadar. Y yo siempre pensé que nadaba cómodamente, a veces flotando cara al sol, a veces boca abajo, a veces hundiéndome, otras esquivando tiburones, pero siempre en las cálidas aguas del Caribe.
Y de pronto, con la velocidad de un relámpago de seis meses, me doy cuenta que nada de eso es cierto. Y veo con horror, que me encuentro en el Ártico, en aguas gélidas, peleando desesperada contra olas de varios metros, ahogándome entre los hielos, bajo un sol que no calienta. Son aguas oscuras y profundas, aguas negras que me atrapan. Y me hundo, agotada de tanta resignación comienzo a hundirme y preparo la despedida. Entonces dos manos me toman y me ponen un salvavidas y me dicen que ya llegaré, esta vez sí que sí, a las cálidas aguas del Caribe.
Pero yo no sé... Sólo sé que me duele.
(- Siempre me sentí como nada.
- Como nada.
- Ja... ya no podré decirlo sin reírme
(...)
- ¿Y qué saco con todo esto? Perfecto, me he enterado de muchas cosas, pero igual no comeré hasta el viernes.
- ...
- A veces he pensado que quiero un recreo, suspender esto por un tiempo.
- ¿Cómo sería ese recreo?
- No sé, un recreo de todo esto.
- Si estuviera claro que eso te daría un recreo, yo firmaría esa receta... pero no es tan claro.
- ¿Entonces?
- De momento ir haciéndolo más cálido.)
