No me acuerdo si la conocí en kinder o en 1º básico. No sé y da lo mismo. El asunto es que nos hicimos tan amigas que ella es la responsable de mi sobrenombre (Vero, tengo que confesar que, después de casi 20 años y cientos de personas que me conocen así, lo detesto con toda el alma). El asunto es que con el correr de los años, cada fin de semana, si no me encontraban en su casa, es que estaba en la suya. Y viceversa. Sé que le tapé varias y seguramente ella también a mí. Terminamos la media fumando juntas en los baños del colegio (y para ser justas, también en el cerro, el kiosko y las salas de clases). Por supuesto, siempre mis cigarros.
Después el destino nos separó un poco, en parte por mi ñoñez y en parte por descuido mutuo. Hasta que de repente me encontré fumando de nuevo en su peyuco verde. Y de ahí no más. Y fue precioso, como si nos hubiésemos visto la noche anterior. Nos dimos cuenta, las dos, que habíamos sido unas tontas, entiéndase bien, habían pasado unos buenos pares de años, y que a pesar de haber seguido caminos diferentes, seguíamos en la misma ruta.
Hasta que apareció el infame huevo. No sé cuánto nos habremos reído de él y no sé tampoco cuánto lloraremos por su causa. Me acuerdo que yo estaba más asustada que ella respecto a la biopsia (o tal vez ella no lo quizo decir con todas sus letras, pero no creo). Le pedí que me llamara cuando tuviera los resultados, jurando y rejurando que habríamos de abrir una botella de pisco para celebrar que nos estábamos pasando de zoquetas. Pero no fue así y el resto es historia.
No quiero hacer una cronología de los dos años siguientes. No quiero. Y no me corresponde tampoco. Sólo decir que le escuché sus alegrías, sus penas, sus rabias, sus esperanzas, sus todos, a veces haciendo tripas corazón y tratando de oír lo que nadie más quiere. En eso, ella ayudaba mucho. Sólo decir que, al menos cada dos semanas (me confiezo, a veces eran un poco más, a veces un poco menos), ella se mantuvo siempre lúcida y con una serenidad sorprendente (a pesar de sus arranques de mal genio, que siempre le promoví... es que de si algo ella estaba segura, era de que no la subieran a los altares a costa de su propia voz).
Ser amiga de la Vero fue un lujo, seguir siéndolo todo un desafío dadas las circunstancias, pero siempre con una recompensa muchísmo más grande que lo que uno se hubiese podido imaginar. En los últimos meses sólo me enteré de ella por medio de su mamá, ante quien me saco el sombrero, porque si bien ella me dijo que "la que está enferma es la Verito", lo cierto es que fue a ella a quien le tocó vivirlo más de cerca, le tocó verlo y seguir adelante a pesar de todo. Imposible no enamorarse de una familia así.
Y todas sabíamos cómo iba a terminar todo, y no nos saquemos la suerte entre gitanos, ella también. Pero una cosa es saber el final de una película y otra es verlo. Digámoslo en castellano, todos nos aferramos a lo que pudiésemos, porque bastaba con conocerla para quererla. Hasta que la realidad, terriblemente cruda y sin consideraciones, se impuso. El resto tambíén es historia.
Cuando nos despedimos de ella, no, cuando me despedí de ella, con una ingenuidad que no conoce límites, pensé que era un hasta luego, que iba a volver inventando las mismas estupideces de siempre, que nos íbamos a emborrachar celebrando su vuelta y que, en fin, recordaríamos esto como un mal trago. Sólo lo último fue cierto.
No hay palabras para expresar lo abismalmente distinto que es esto de lo que hubiésemos querido. Es más fácil entender una bienvenida que una adiós. No sé, que cada cual busque cómo explicárselo.
