jueves, 26 de agosto de 2010

Mí, Blanca

Le oí decir una vez a La Escritora que Blanca fue su personaje más difícil, el menos querido. Y se nota: no logró pintar más que una mujer monocromática y crudamente ficticia (empiezo a sospechar que en su paleta sólo hay un tono). Fue construida con poco cariño, rodeada de otras mujeres que la contrastaban y opacaban a propósito, que la juzgaban sin elegancia con su mera presencia. Es que todos sus personajes aristrocráticos son así; todos aborrecibles pragmáticos, hipócritas llenos de vicios, pomposos egocéntricos, miopes condenables que viven en la complacencia de saberse poseedores del último y más caro BMW. Los hombres son prepotentes y las mujeres frívolas; los hombres hablan de los rotos y las mujeres hacen caridad; los hombres tienen amantes y las mujeres toman whisky. Y todos arrugan la nariz. ¡Salvo que estén destinados a la redención del pecado de nacer en barrio alto y mantenerse conservadores! En ese caso son tomados de la mano de un hada madrina idealista y de izquierda, que les enseña qué significa el sufrimiento de verdad (ése que sólo pueden conocer aquellos cuya dirección es bajo Plaza Italia, los únicos que en sus letras conocen la dignidad) y los conducen por un camino más lúcido, más complejo y más humano.

Y Blanca estaba destinada a redimirse. Entonces La Escritora la hizo ingenua y parecía tonta; la quiso inocente y sonó frívola; la pensó frágil y resultó indignamente autoflagelante. Se le coló demasiado el desprecio.

Blanca existe, pero no esa Blanca. Su marido no es imbécil, su hermana arpía y su madre siútica. La Blanca que existe es precisamente la que no ve y se le cuela sin saberlo, porque la despreciaba tanto que tuvo que caricaturizarla. Y lo hizo porque no es capaz de ver el sufrimiento que hay en todas las que somos Blanca. Entonces le inventó un matrimonio desdichado, un entorno vacío y una cabeza hueca, cuando nada de eso era necesario. La Blanca que existe sufre, pero no porque sea de derecha; llora, pero no por la supuesta incomprensión inherente a cierta clase social. La Blanca que existe es la que se angustia porque no es vista, la que debe pedir perdón por sus apellidos, la que no tiene lugar porque es despreciada por sus ideas y por su origen. La discriminación también es hacia arriba. Y en eso cae La Escritora, a quien se le olvidó que las familias bien pueden ser buenas familias.