Al principio no les creyó. Los grandes lo sabían todo, pero a veces tenían formas muy extrañas para explicar cosas simples. Su pregunta era fácil: ¿dónde está el Tata?
Lo buscó en el sillón en que siempre se sentaba y por si acaso lo esperó afuera del baño. Fue a la cocina y al comedor. Miró en su escritorio y se preguntó si no estará durmiendo siesta en su cama. Si no estaba ahí, entonces tendría que haber salido él solo a pasear, pero ¿a dónde y por qué no la esperó? Todos estaban en el departamento. Sus papás, su hermano, sus primos, sus tíos estaban ahí. Y la Ita también. Entonces ¿dónde está el Tata?
Lo más raro de todo es que nadie más parecía preocupado por el paradero del Tata. Sólo ella iba de una pieza a otra buscándolo, desconcertada.
Caminó entre un bosque de piernas largas, haciéndose espacio. Sólo su vestido celeste desentonaba en esa marea negra. Vio a la Ita sentada sola, con la mirada perdida. Puso su mano en la rodilla huesuda para llamar la atención de su bisabuela y preguntó con firmeza: ¿dónde está el Tata?
Hubo un silencio que todos comprendieron incómodo menos ella. Entonces su bisabuela la abrazó por la espalda, la miró con dulzura y le dijo:
- El Tata se fue al cielo.
La niña no dijo palabra y frunció el entrecejo. ¿Al cielo? ¡Pero si la gente no vuela! Su madre y otros grandes fueron a prestar ayuda, pero no hubo forma de que ella dejase su suspicacia. Tomó la mano de su bisabuela para levantarla y fue con ella a la ventana. Entonces ambas miraron el cielo. Y buscó y buscó, pero el Tata no estaba ahí.
