Hubo sangre. Poca, no exageremos. Una gota gruesa que cayó en el frío piso blanco. Fue una gota grande, más grande de lo que hubiese imaginado. Me gustó. Y fue una sorpresa, no sé por dónde cayó. Luego vino otra. Y una tercera, insolente, no dolía tanto, menos para una cuarta.
Las gotas cayeron de rojos brillantes escondidas en el baño, casi naranjas. Sus sucesoras tomaron un color opaco en una venda improvisada con papel higiénico y cinta adhesiva gruesa.
Son sólo líneas punzantes en mi piel. Cortes estúpidos. Insignificantes. Superficiales. Vergonzosos. Ridículos. Pura idiotez para disimular un dolor idiota que me inunda.
Mientras, sonrío y pago cuentas. Y conduzco respetando los semáforos. Y llego a la hora. Y luzco perfecta. Perfecta. Estupenda. Encantadora. Adorable.
Y miserable.
Quiero morir.
Las gotas cayeron de rojos brillantes escondidas en el baño, casi naranjas. Sus sucesoras tomaron un color opaco en una venda improvisada con papel higiénico y cinta adhesiva gruesa.
Son sólo líneas punzantes en mi piel. Cortes estúpidos. Insignificantes. Superficiales. Vergonzosos. Ridículos. Pura idiotez para disimular un dolor idiota que me inunda.
Mientras, sonrío y pago cuentas. Y conduzco respetando los semáforos. Y llego a la hora. Y luzco perfecta. Perfecta. Estupenda. Encantadora. Adorable.
Y miserable.
Quiero morir.
