Tantos años condensados en un puñado de días. Siento el cansancio subir por mis piernas, adormecer mis brazos. Y el no quiero se confunde con el no puedo. No soy víctima; no soy víctima ni agente. Todo ocurre porque yo lo permito y, al mismo tiempo, mientras mis ojos se sorprenden.
Pero ya no hay sorpresa. Solo hay un par de manos que sostienen una cabeza abombada.
El único torrente es el sanguíneo que clama por salir.
Pero ya no hay sorpresa. Solo hay un par de manos que sostienen una cabeza abombada.
El único torrente es el sanguíneo que clama por salir.
