Tres llamados a la compostura en menos de una semana. Tres llamados que, cada uno a su manera, enderezaron mi espalda con sus fierros. Tres llamados de tres hombres diferentes. Tres.
El primero, con su autoridad y libreta, me diagnosticó de niña idiota.
El segundo, con su urgencia, me puso la realidad como sombrero.
El tercero, con su miseria, me hizo amarlo.
El primero, con su autoridad y libreta, me diagnosticó de niña idiota.
El segundo, con su urgencia, me puso la realidad como sombrero.
El tercero, con su miseria, me hizo amarlo.
