Están los de invierno, los de verano, los de media estación y los que sólo son para la playa.
Los altos, los bajos, los cómodos, los que te hacen llorar de dolor y los que te convierten en una gata desenfadada.
Los que no te puedes poner los días de lluvia, los que son todo terreno y los que usas para maestrear.
Los de taco cuadrado, los taco aguja, los de taco chino y los de terraplén.
Los de gamuza, los de cuero, los de charol, los de género que se ensucian tanto y esos que sabes que son plásticos, pero adoras igual.
Los negros, los cafés, los beige, los azules, los claritos, los rojos, los naranjos, los terracota, los que no sabes si son salmón o damasco, los lilas, los atornasolados, los rosados, los rosados pálidos, los rosados oscuros, los palo rosa y los fucsias. Los blancos, los crema, los dorados y esos grises que nunca te han convencido.
Están las sandalias, los de tiras, los de caña alta, los stilettos (muchos), los amarrados al tobillo y los de la cintita.
Los botines, las botas altas, las botas rojas, las que tienen tachas y las bucaneras.
Estuvieron los mocasines, las botas vaqueras, las pantuflas de oveja y las hawaianas de goma.
También están los brillantes, los de lentejuelas, los de leopardo, los coquetos, los atrevidos y los apropiados para conocer a tu suegra.
Los regalones, los que usas sólo para matrimonios, los que guardas en su caja y los que dejas tirados.
Los nuevos, los que sabes que nunca usarás, los que combinan con nada, los que ya no te gustan, los que estás esperando que vuelvan a estar de moda, los que no quieres admitir que te quedan fatales, los que se te rompieron, pero guardas para honrar los servicios prestados, los que te compraste en otra talla porque no quedaba la tuya.
Los que le copiaste a una amiga, los que esperaste que estuvieran a mitad de precio, los que rayan con el mal gusto y los clásicos de siempre.
Los que no te acordabas que tenías, los que te da tanta pena regalar, los que usas sólo con pantalones y los perfectos para el vestidito negro.
Los que te salieron carísimos, los que metiste a escondidas a la casa, los que juraste que se pagarían solos y los que compraste dobles para reponerlos cuando estén muy gastados.
Los que te robaste, los que compraste por impulso, por aburrida, por estar en oferta, porque te volvieron loca, porque te querías dar un gusto o porque no querías volver a la casa sin usar la tarjeta de crédito.
Los que te hicieron un guiño, los que compraste porque estabas contenta, porque estabas triste, para olvidar un amor, para celebrar un nuevo trabajo y los eternos porque sí.
Y no olvidemos los que te sacan una sonrisa, los que te acompañan en todo, a los que le juraste amor eterno, los que han sido tus cómplices y esos con los que te gusta conversar.
… creo que eso es todo. No tengo zapatillas.
Los altos, los bajos, los cómodos, los que te hacen llorar de dolor y los que te convierten en una gata desenfadada.
Los que no te puedes poner los días de lluvia, los que son todo terreno y los que usas para maestrear.
Los de taco cuadrado, los taco aguja, los de taco chino y los de terraplén.
Los de gamuza, los de cuero, los de charol, los de género que se ensucian tanto y esos que sabes que son plásticos, pero adoras igual.
Los negros, los cafés, los beige, los azules, los claritos, los rojos, los naranjos, los terracota, los que no sabes si son salmón o damasco, los lilas, los atornasolados, los rosados, los rosados pálidos, los rosados oscuros, los palo rosa y los fucsias. Los blancos, los crema, los dorados y esos grises que nunca te han convencido.
Están las sandalias, los de tiras, los de caña alta, los stilettos (muchos), los amarrados al tobillo y los de la cintita.
Los botines, las botas altas, las botas rojas, las que tienen tachas y las bucaneras.
Estuvieron los mocasines, las botas vaqueras, las pantuflas de oveja y las hawaianas de goma.
También están los brillantes, los de lentejuelas, los de leopardo, los coquetos, los atrevidos y los apropiados para conocer a tu suegra.
Los regalones, los que usas sólo para matrimonios, los que guardas en su caja y los que dejas tirados.
Los nuevos, los que sabes que nunca usarás, los que combinan con nada, los que ya no te gustan, los que estás esperando que vuelvan a estar de moda, los que no quieres admitir que te quedan fatales, los que se te rompieron, pero guardas para honrar los servicios prestados, los que te compraste en otra talla porque no quedaba la tuya.
Los que le copiaste a una amiga, los que esperaste que estuvieran a mitad de precio, los que rayan con el mal gusto y los clásicos de siempre.
Los que no te acordabas que tenías, los que te da tanta pena regalar, los que usas sólo con pantalones y los perfectos para el vestidito negro.
Los que te salieron carísimos, los que metiste a escondidas a la casa, los que juraste que se pagarían solos y los que compraste dobles para reponerlos cuando estén muy gastados.
Los que te robaste, los que compraste por impulso, por aburrida, por estar en oferta, porque te volvieron loca, porque te querías dar un gusto o porque no querías volver a la casa sin usar la tarjeta de crédito.
Los que te hicieron un guiño, los que compraste porque estabas contenta, porque estabas triste, para olvidar un amor, para celebrar un nuevo trabajo y los eternos porque sí.
Y no olvidemos los que te sacan una sonrisa, los que te acompañan en todo, a los que le juraste amor eterno, los que han sido tus cómplices y esos con los que te gusta conversar.
… creo que eso es todo. No tengo zapatillas.
