jueves, 22 de marzo de 2007

Palabras mudas

Quisiera tener el don de plumas. No desmerezco los propios, pero éstos poco y nada me sirven cuando me veo enfrentada a una hoja en blanco, curiosa por descubrir, gracias a la tinta, lo que tenía destinada a contener. Ya estoy harta de desilusionarlas imprimiéndoles palabras forzadas y frases mediocres. Sé que nunca podré escribir canciones desesperadas o sueños de alguna noche de verano y, aunque lo lamento, ya es hora de admitirlo: no sé escribir. Y lo admito triste y con rabia, envidiosa de la sutileza escrita de Paz, de la abandonada centuria de García Márquez, de la mistralía de la maestra.

Quisiera tener el don de plumas y no lo tengo. Lo he buscado en tiendas y almacenes, pero nadie lo vende, hay algunos que incluso no saben de qué hablo y otros que me dicen que pregunte la semana próxima. ¿Cómo puede ser que a nadie se le haya ocurrido comercializarlo en un país de poetas y pillos? He mirado en bibliotecas o entre las páginas de los libros y ha sido en vano, atenta también en la micro y en las calles por si algún escritor despistado deja el suyo olvidado por ahí, pero hasta ahora no he tenido éxito. Lo he pedido de regalo de cumpleaños en innumerables ocasiones y sólo he recibido ropa, música y chocolates, cuando yo lo que quiero es una pluma que esté viva, tan viva que corra sola por el papel plasmando lo que deba ser dicho y que sea mi pluma y que yo sea de ella. No es una receta lo que pido, ni manuales, ni listas de instrucciones, es más que eso; quiero la capacidad de escribir y de crear algo, de decir las cosas de una forma tan distinta que pareciera que están siendo dichas por primera vez… reinventar las palabras, reinventar el lenguaje.

Quisiera tener el don de plumas y no me resigno a su ausencia. Quiero que sea mío, poder pasearme con él, llevarlo a todas partes, de la mano, en brazos. Cantarle canciones y contarle cuentos. Y que sea mío, propio, de nadie más, sólo mío. Tomar el lápiz, contemplar la hoja en blanco y llenarla, saturarla de mi pluma, sentir su rasgueo contra el papel, la forma que la tinta va adquiriendo, el dibujo de los párrafos, el grito de las palabras, el bailar pausado de las comas con los puntos: todo parte de lo mismo, todo parte de un don que aún no conozco y que espero algún día atrapar y fundirlo en mi prosa.

Por ahora, sólo palabras torpes, ciegas y sordas, palabras que creen decir algo y no dicen nada: palabras mudas.