(O sobre dónde está el alma en la psicopatología)
Criterios diagnósticos según el DSM-IV.
A. Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por:
1. Ingesta de alimento en poco espacio de tiempo (p. ej. en un período de dos horas) en cantidad superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período de tiempo similar y en las mismas circunstancias.
2. Sensación de pérdida de control sobre la ingesta de alimento (p. ej. no poder parar de comer o no poder controlar el tipo o la cantidad de comida que se está ingeriendo)
(En la más profunda soledad, un par de brazos me sostienen. Pero no son de carne, no son cálidos, ni amables, ni evocan a esa madre esquiva que poco entiende de penas. Es que el hambre me inunda, pero no es hambre que se calme con la saciedad, porque no conozco que pueda ser aquello. Es vacío, es cansancio, es buscar sin saber qué y no encontrar. Porque aquí jamás se encuentra. Es la angustia y el horror, la materialidad de mis miserias.
Uno no hará daño, pienso, quizás esto tampoco y qué delicia un tanto de lo de más allá. La voracidad me invade y un ente siniestro se apodera de mí, sumergiéndome en la vorágine de lo grotesco. Ya pensaré más tarde. Por ahora basta con llenar y llenar. Más y más. Rápido. No hay límite, no hay decoro y, sin duda, no hay elegancia. Tampoco hay placer. Rápido. No es preciso masticar, el deleite está proscrito. Más. Rápido. Traga, traga, traga.
Y no quiero. No más. Me atoro con mi llanto y mis lágrimas mojan mis manos, que están llenas de aquello que detesto, pero que no puedo evitar. Y mi boca, saturada, infesta, maldita. Y maldita yo. Mil veces maldita. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?
Y en sólo cuestión de minutos los desechos acusen mi vergüenza. ¿Dónde lo escondo? ¿En qué me oculto?)
B. Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin de no ganar peso, como son la provocación del vómito; uso excesivo de laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos; ayuno, y ejercicio en exceso.
(Los platos vacíos, la basura desparramada por el suelo, la desolación oculta en lo que ya no está. No eres más que un animal. La cordura vuelve y con ella la racionalidad. Y la culpa, punzante, cae en todo su rigor, obligando que mis rodillas se doblen ante ella, tomándome del cuello y volviéndome su esclava. Sé que tengo media hora para revertir lo sucedido, apenas treinta minutos para que la biología haga lo suyo y el pecado de manifieste. El ritual es el de siempre. Tomo mi pelo y comienza la macrabra ceremonia. No hay belleza, no hay poesía; sólo un espectáculo sórdido, con mis demonios espectantes. Tres dedos son los protagonistas y el monótono correr del agua es interrumpido por sonidos que delatan, poco a poco, el éxito de la operación y mi derrota. Pero no es momento de llantos. Aún no. La primera arcada es la más difícil, es la que me avisa a gritos que aún es tiempo de detener la debacle. Pero mis oídos son sordos hasta volver a la añorada ingravidez y no prestan atención a la voz de la sensatez. Es preciso terminar el exorcismo.
Levanto la mirada y el cadaver me observa. Tiene puesta mi ropa y en él reconozco mis gestos. Un golpe violento cruza mi rostro. La agresora es mi mano, que no se acobarda por consideraciones de poca monta. Bien merecido. Una lágrima y otro golpe. Estúpida.)
C. Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen lugar, como promedio, al menos dos veces a la semana durante un período de tres meses.
(Atrapada, prisionera en la herejía de soñarme deseable. El precio es muy alto y se paga con la sangre que he de derramar a diario. Sé que no será la última vez. Pero a veces prefiero una buena mentira.)
D. La autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta corporales.
(El espejo, el jodido espejo, juez implacable que acusa mis pecados, mis horrores, mis pequeñeces, está frente a mí, devolviéndome una imagen que no quiero ver. Me condena, frío, exacto, por crímenes de poca voluntad. Me desprecia y no lo culpo. ¿Cómo podrás ser mujer si tus formas repugnan? ¿Cómo te atreves a llamarte hembra si es un vestido que no te queda? Me cuestiona insolente y no puedo más que desviar la mirada y admitir, humillada, la derrota. Y no es vanidad lo que he perdido. Lo que me asfixia, lo que de verdad me resulta mortal es no poder sentir el roce del otro. Es saberme tan de piedra...)
E. La alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de la anorexia nerviosa.
(Y me escondo. Perdida desde siempre en las sombras... hasta la próxima ocasión.)
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jueves, 19 de julio de 2007
Atea
Y no, que no creo. No porque no quiera... porque no puedo. ¡Qué más quisiera yo! ¿Qué más quisiera? te pregunto.
Cínica. Mil veces cínica. Me rio de la fe, porque en el fondo sé que no puedo tenerla... y me retuerzo de envidia por tener que buscar mis propias respuestas. Me sé el catecismo de memoria, pero no me basta. Y es que me niego a conformarme con una vida sacada de un libro de recetas. Tiene que haber más...
¿Qué clase de padre misericordioso permite que unos crean en él y otros no? No puede ser el último consuelo... No puede ser. Como tampoco puede tratarse de un cuento de niños, bálsamo de conciencias, consuelo de tontos...
Consuelo de tontos.
Cínica. Mil veces cínica. Me rio de la fe, porque en el fondo sé que no puedo tenerla... y me retuerzo de envidia por tener que buscar mis propias respuestas. Me sé el catecismo de memoria, pero no me basta. Y es que me niego a conformarme con una vida sacada de un libro de recetas. Tiene que haber más...
¿Qué clase de padre misericordioso permite que unos crean en él y otros no? No puede ser el último consuelo... No puede ser. Como tampoco puede tratarse de un cuento de niños, bálsamo de conciencias, consuelo de tontos...
Consuelo de tontos.
jueves, 28 de junio de 2007
Paredes
Las paredes lloran y yo me ahogo en angustia. Tan solo unas horas más y jamás podré verlas de nuevo. Y son tantos los recuerdos tatuados a fuego que tendrán que quedar atrás. Tantos fantasmas que habré de abandonar por siempre y que sólo circulan por estos rincones.
Mi llanto se entremezcla con estas líneas. Hoy sé que no quiero dejar este techo.
Me arranco el corazón de cuajo y con un grito lo estrello contra las blancas paredes que me vieron crecer... Si no pueden quedarse conmigo, al menos yo permaneceré en ellas.
Mi llanto se entremezcla con estas líneas. Hoy sé que no quiero dejar este techo.
Me arranco el corazón de cuajo y con un grito lo estrello contra las blancas paredes que me vieron crecer... Si no pueden quedarse conmigo, al menos yo permaneceré en ellas.
lunes, 11 de junio de 2007
Volver
Vuelvo a internarme en las profundidades de mis más absurdos temores. Me he sumergido de lleno en la vorágine de mi estupidez y mis demonios me dan la bienvenida, complacidos por mi retorno.
Vuelvo a sentir el horror en mi cuerpo, la macabra seducción de la ingravidez, el asco constante, la privación, mientras una sombría sonrisa comienza a disfrazar nuevamente mis labios y la ambición de cada vez menos tiñe mi mirada.
Fundida en la nada, sólo anhelo que alguien se vuelva ante el grito ahogado de mi vergüenza y en silencio me rescate de la muerte.
Vuelvo a sentir el horror en mi cuerpo, la macabra seducción de la ingravidez, el asco constante, la privación, mientras una sombría sonrisa comienza a disfrazar nuevamente mis labios y la ambición de cada vez menos tiñe mi mirada.
Fundida en la nada, sólo anhelo que alguien se vuelva ante el grito ahogado de mi vergüenza y en silencio me rescate de la muerte.
martes, 5 de junio de 2007
Quédese con ella
"Aparecía ella y la tierra temblaba... Quédese con ella. No la pierda."
¿Y de quién hablan? ¿De la adorable Elsa? ¿De la escurridisa Estela? ¿De la leyendaria Scarlet? ¿De la mítica Sofía? Porque ellas sí que eran mujeres. Ellas sí.
O la espalda desnuda de la que inspiró el Ojalá de Silvio, la pasión de la que Pablo Milanés recuerda en El breve espacio en que no estás. Ana se volvió roca blanca esperando a su amado, el de Amanda nunca volvió, a Yolanda le fue consagrada la eternidad. Y la sonrisa de cierta señora ha trascendido generaciones.
Isadora revolucionó los escenarios, George no podía más que ser mujer, Marie fue la primera en pisar las aulas desde otro ángulo.
Helena tiene su nombre manchado en sangre, y ésta brotó del pecho de Dido tras el abandono, que Penélope supo soportar estoica. Io conocía los misterios de la inmortalidad, que Níobe encarnó al transformarse en roca lacrimógena.
Teresa escandalizó a la sociedad viñamarina del XIX y murió sola en París ("Morir, después de haber sentido todo y no ser nada..."), Lucila recibió de la tierra que odiaba honores tardíos, que para María Luisa nunca llegaron.
Mujeres que inspiran grandes pasiones y grandes tormentos, que pasan flotando lentamente. Son ellas las que mueven todo. Ellas las excepcionales, las que son admiradas, queridas y envidiadas. Para las demás, el abandono, la planicie, la mediocridad...
¿Y de quién hablan? ¿De la adorable Elsa? ¿De la escurridisa Estela? ¿De la leyendaria Scarlet? ¿De la mítica Sofía? Porque ellas sí que eran mujeres. Ellas sí.
O la espalda desnuda de la que inspiró el Ojalá de Silvio, la pasión de la que Pablo Milanés recuerda en El breve espacio en que no estás. Ana se volvió roca blanca esperando a su amado, el de Amanda nunca volvió, a Yolanda le fue consagrada la eternidad. Y la sonrisa de cierta señora ha trascendido generaciones.
Isadora revolucionó los escenarios, George no podía más que ser mujer, Marie fue la primera en pisar las aulas desde otro ángulo.
Helena tiene su nombre manchado en sangre, y ésta brotó del pecho de Dido tras el abandono, que Penélope supo soportar estoica. Io conocía los misterios de la inmortalidad, que Níobe encarnó al transformarse en roca lacrimógena.
Teresa escandalizó a la sociedad viñamarina del XIX y murió sola en París ("Morir, después de haber sentido todo y no ser nada..."), Lucila recibió de la tierra que odiaba honores tardíos, que para María Luisa nunca llegaron.
Mujeres que inspiran grandes pasiones y grandes tormentos, que pasan flotando lentamente. Son ellas las que mueven todo. Ellas las excepcionales, las que son admiradas, queridas y envidiadas. Para las demás, el abandono, la planicie, la mediocridad...
jueves, 31 de mayo de 2007
Frivolidad
Habrás de saber, querido, que la vanidad me envuelve, que soy frívola y fútil. Carezco de sustancia y me envuelvo de un halo de elegancia para parecer interesante.
Ni imaginas cuántas veces ensayo ante el espejo, ni lo estudiadas que son mis actitudes y gestos. Mi sonrisa es falsa y mi figura está cubierta cuidadosamente para no mostrar aquellos aspectos de mi cuerpo que, por excesivamente voluptuosos, resultan desagradables. Me toma alrededor de dos horas arreglarme en la mañana y no salgo a la calle hasta estar segura de mi apariencia. Soy capaz de gastar una pequeña fortuna en vestidos y ya has visto cómo me brillan los ojos ante el buen corte de una chaqueta.
Sé que algo sospechas, sé que logras ver todo aquello y sé que puedo aburrirte. No voy a negarlo; sería un descaro. Pero ya ves, soy así. Me gusta lo que brilla, las burbujas del champagne y los materiales nobles. Y a pesar de todo, detesto parecer estúpida por todo aquello. Puedes largarte si te repugno, pero antes te pido que me mires bien y despejes todo... quizás ahí me encuentres, me desnudes y me hagas tuya.
Ni imaginas cuántas veces ensayo ante el espejo, ni lo estudiadas que son mis actitudes y gestos. Mi sonrisa es falsa y mi figura está cubierta cuidadosamente para no mostrar aquellos aspectos de mi cuerpo que, por excesivamente voluptuosos, resultan desagradables. Me toma alrededor de dos horas arreglarme en la mañana y no salgo a la calle hasta estar segura de mi apariencia. Soy capaz de gastar una pequeña fortuna en vestidos y ya has visto cómo me brillan los ojos ante el buen corte de una chaqueta.
Sé que algo sospechas, sé que logras ver todo aquello y sé que puedo aburrirte. No voy a negarlo; sería un descaro. Pero ya ves, soy así. Me gusta lo que brilla, las burbujas del champagne y los materiales nobles. Y a pesar de todo, detesto parecer estúpida por todo aquello. Puedes largarte si te repugno, pero antes te pido que me mires bien y despejes todo... quizás ahí me encuentres, me desnudes y me hagas tuya.
Hambre
Hambre cuando mi cuerpo flota, cuando duele, cuando es ajeno a la gravedad.
Hambre porque puedo sentirlo, porque se hace presente, porque lo someto.
Hambre y estoy viva y existo y soy.
Vivo el hambre como una delicia, con voracidad, con exquisito deleite. El hambre es mi gula, mi alimento. Añoro el vacío que empieza en mis entrañas y sale por mi boca, recorriéndolo todo. Lo busco con fruición, con desespero. Y cuando por fin lo he atrapado, le pregunto a mis huesos si perciben la victoria (antes que mi cuerpo sucumba y me abandone).
Hambre porque puedo sentirlo, porque se hace presente, porque lo someto.
Hambre y estoy viva y existo y soy.
Vivo el hambre como una delicia, con voracidad, con exquisito deleite. El hambre es mi gula, mi alimento. Añoro el vacío que empieza en mis entrañas y sale por mi boca, recorriéndolo todo. Lo busco con fruición, con desespero. Y cuando por fin lo he atrapado, le pregunto a mis huesos si perciben la victoria (antes que mi cuerpo sucumba y me abandone).
domingo, 27 de mayo de 2007
jueves, 24 de mayo de 2007
Cuestión de piel
Con todo el candor de mi sangre: sangre de España, sangre fogosa y testaruda, sangre roja, que hierve y que tira y arrebata. Sangre que enloquece y obnibula voluntades. Sangre jadeante, húmeda, deseosa.
Con toda la frescura de mi piel: piel suave, que se eriza al ser tocada. Piel eléctrica, que llama, que seduce, que hechiza. Piel que siente y se sumerge en las profundidades del roce. Piel que suda y envuelve.
Con la transparencia de mis ojos: ojos que invitan, que revelan y ocultan. Ojos que se ríen y lloran, ojos que buscan expectantes ser mirados. Ojos siempre desnudos.
Con la potencia de mi voz: voz que canta y llora y grita. Voz que extraña y se rebela, que sorprende y que clama.
Con todo eso y más... y mucho más... Con todo.
Con toda la frescura de mi piel: piel suave, que se eriza al ser tocada. Piel eléctrica, que llama, que seduce, que hechiza. Piel que siente y se sumerge en las profundidades del roce. Piel que suda y envuelve.
Con la transparencia de mis ojos: ojos que invitan, que revelan y ocultan. Ojos que se ríen y lloran, ojos que buscan expectantes ser mirados. Ojos siempre desnudos.
Con la potencia de mi voz: voz que canta y llora y grita. Voz que extraña y se rebela, que sorprende y que clama.
Con todo eso y más... y mucho más... Con todo.
lunes, 21 de mayo de 2007
Propiedad privada
Hay un puente que es mío. Mi puente. Porque él guarda recuerdos tan propios, tan secretos, porque fue sobre él que me sentí viva, tan viva y con el río a mis pies. Mi eterno puente curvo; mi eterno cómplice y centinela.
Son miles quienes lo ven día a día y sólo yo lo reclamo, con derecho, como propio. No sólo es mi puente, sino que también soy suya. Nos pertenecemos mutuamente, desde siempre y para siempre: él fue construido para mí y yo nací para él.
La noche en que nos encontramos, en que nos reconocimos, hace ya algunos años, acababa de llover. Y hacía frío. El viento arremolinaba mi pelo, congelaba mis manos y hacía que mi cuerpo temblara aterido. Subí hasta lo más alto, a paso lento y confiado, reconociendo mi territorio, dejándome acariciar por él, besándolo con mis pies. El cemento nunca fue más cálido, las pisadas nunca más dulces. Miré Santiago, la cordillera, el río, los árboles, y el vértigo invadió mi alma, y mi puente me rozó con la baranda, mientras dos ojos verdes se clavaban en mi alma, fijándose en mi memoria y en la roca.
Han pasado muchos años y, cada cierto tiempo, mi puente me recibe y lloramos juntos por aquellos días que no volverán, mientras que los fantasmas del pasado reviven y nos abrazan. Nos miramos en silencio, nos tocamos como esa vez y renovamos el juramento de jamás olvidar. Porque nos pertenecemos, porque en mi sonrisa está su forma y en sus peldaños, mi sangre. Y él, magnífico, con su porte señorial, me atrapa y me envuelve. Y yo, sin quererlo, poco a poco me abandono... hasta que volvemos a ser uno.
Son miles quienes lo ven día a día y sólo yo lo reclamo, con derecho, como propio. No sólo es mi puente, sino que también soy suya. Nos pertenecemos mutuamente, desde siempre y para siempre: él fue construido para mí y yo nací para él.
La noche en que nos encontramos, en que nos reconocimos, hace ya algunos años, acababa de llover. Y hacía frío. El viento arremolinaba mi pelo, congelaba mis manos y hacía que mi cuerpo temblara aterido. Subí hasta lo más alto, a paso lento y confiado, reconociendo mi territorio, dejándome acariciar por él, besándolo con mis pies. El cemento nunca fue más cálido, las pisadas nunca más dulces. Miré Santiago, la cordillera, el río, los árboles, y el vértigo invadió mi alma, y mi puente me rozó con la baranda, mientras dos ojos verdes se clavaban en mi alma, fijándose en mi memoria y en la roca.
Han pasado muchos años y, cada cierto tiempo, mi puente me recibe y lloramos juntos por aquellos días que no volverán, mientras que los fantasmas del pasado reviven y nos abrazan. Nos miramos en silencio, nos tocamos como esa vez y renovamos el juramento de jamás olvidar. Porque nos pertenecemos, porque en mi sonrisa está su forma y en sus peldaños, mi sangre. Y él, magnífico, con su porte señorial, me atrapa y me envuelve. Y yo, sin quererlo, poco a poco me abandono... hasta que volvemos a ser uno.
("En Macondo comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver")
viernes, 18 de mayo de 2007
Realidad
He de confesar que la cotidianidad me aburre, me cansa, me hastía. No puedo con ella, no puedo con lo real de la realidad de todos los días. Horarios y relojes, tablas y números, todo me abruma, todo me supera.
Quisiera... quisiera salir de la realidad. Experimetar la delicia de la fuga, el placer de escapar. Y trascender a todo aquello que ate los pies a lo real: la tiranía de lo real. Esconderme de aquellos modelos que aseguran saber cómo es la vida (¡cómo si ella pudiese ser aprehensible!).
Que la técnica, que lo eficiente, que lo útil, que aprovechar el tiempo... ¡Sarta de pamplinas! ¿Cuándo nos convencieron que así es la vida?
Redefinir lo cotidiano -me dijo él alguna vez-, ésa es la clave para desarmar el nudo y respirar... y vivir.
Quisiera... quisiera salir de la realidad. Experimetar la delicia de la fuga, el placer de escapar. Y trascender a todo aquello que ate los pies a lo real: la tiranía de lo real. Esconderme de aquellos modelos que aseguran saber cómo es la vida (¡cómo si ella pudiese ser aprehensible!).
Que la técnica, que lo eficiente, que lo útil, que aprovechar el tiempo... ¡Sarta de pamplinas! ¿Cuándo nos convencieron que así es la vida?
Redefinir lo cotidiano -me dijo él alguna vez-, ésa es la clave para desarmar el nudo y respirar... y vivir.
lunes, 14 de mayo de 2007
Invasión
Entras en mi boca. Furioso, a raudales, colándote impertinente. Acaricias mi paladar, juegas en mi lengua, te fundes en mi saliva. Te muerdo, te despedazo, sin piedad, sin contemplaciones. Y te trago. Bajas por mi garganta, pataleando, luchando contra mí. Llegas a mi estómago y me lastimas. Rasgas mi musculatura y me retuerzo de dolor. Sigues el camino: duodeno, yeyuno, ileon, y te absorbo: entras en mi sangre, esa sangre roja y densa, que a veces hierve y otras se derrama.
Y también te respiro, sin quererlo, sin desearlo: sólo porque estás ahí. Te arremolinas en mi nariz y llegas a mis pulmones. Los llenas, los hinchas. Bronquios, alvéolos, venas, sangre.
Una vez rojo, llegas a todo mi cuerpo. Dedos, piernas, ojos, pechos, piel. Me invades sin tregua, sin defensa posible. Y estás en todas partes, en todo rincón, en todo órgano, en todo lo vivo. Mas no en la piedra, no en mi corazón.
Y también te respiro, sin quererlo, sin desearlo: sólo porque estás ahí. Te arremolinas en mi nariz y llegas a mis pulmones. Los llenas, los hinchas. Bronquios, alvéolos, venas, sangre.
Una vez rojo, llegas a todo mi cuerpo. Dedos, piernas, ojos, pechos, piel. Me invades sin tregua, sin defensa posible. Y estás en todas partes, en todo rincón, en todo órgano, en todo lo vivo. Mas no en la piedra, no en mi corazón.
domingo, 13 de mayo de 2007
Esconderse
Mientras estas palabras aparecen -letra a letra, frase a frase-, procuro ocultarme. ¿Y cómo esconderse si cada paso recorrido es el mismo relato de la desnudez? ¿En qué me envuelvo para no revelar mi rostro? (Sí, ese mismo hermoso rostro, que siempre he mirado con extrañeza, sin reconocerlo como propio y que a mis ojos se presenta como sórdido, ridículo y brutal.)
Me escondo en la sonrisa: en el ángulo, en la curva, en la mueca. Y embrujo con ella. Para que no se enteren, para que no sepan que tras ella está el vacío. Con ella me protejo y atajo la angustia, para que no se escape y devore todo.
He logrado entrenar el ojo, para que no me delate, para que sea mi aliado. Para que mienta por mí, y seduzca y conquiste y tome priosioneros. Lo mismo mis dedos, que han aprendido el arte de rozar descuidadamente, de engañar y simular que amo.
Disfracé la mediocridad de pasión y el lugar común de encanto. Me creen fascinante y no saben -no sospechan, ¡ni siquiera sospechan!-, que soy una mujer ordinaria, sin más atractivo que la virtud para inflar egos y disimular la rabia visceral que a veces invade mi cuerpo.
¿Cómo huir? ¿Cómo gritar si es la propia voz la que esconde ese grito ahogado que, desde hace años , me atormenta? ¿Cómo gritar si mi voz ha sido suavizada y falseada y prostituida con tal que me adoren? ¿Cómo estallar si no conozco otro mundo que el decoro y la apariencia? ¿Cómo respirar si el aire que se me ofrece me da asco? ¿Cómo llorar si estoy seca?
Y me preguntas, y te preguntas, por qué... ¿Te das cuenta?... ¿De veras no te has dado cuenta? ¿No ves, querido, que todo lo dicho, al igual que siempre, no es más que un artificio, una trampa, para irme esfumando... mientras estas palabras aparecen?
Me escondo en la sonrisa: en el ángulo, en la curva, en la mueca. Y embrujo con ella. Para que no se enteren, para que no sepan que tras ella está el vacío. Con ella me protejo y atajo la angustia, para que no se escape y devore todo.
He logrado entrenar el ojo, para que no me delate, para que sea mi aliado. Para que mienta por mí, y seduzca y conquiste y tome priosioneros. Lo mismo mis dedos, que han aprendido el arte de rozar descuidadamente, de engañar y simular que amo.
Disfracé la mediocridad de pasión y el lugar común de encanto. Me creen fascinante y no saben -no sospechan, ¡ni siquiera sospechan!-, que soy una mujer ordinaria, sin más atractivo que la virtud para inflar egos y disimular la rabia visceral que a veces invade mi cuerpo.
¿Cómo huir? ¿Cómo gritar si es la propia voz la que esconde ese grito ahogado que, desde hace años , me atormenta? ¿Cómo gritar si mi voz ha sido suavizada y falseada y prostituida con tal que me adoren? ¿Cómo estallar si no conozco otro mundo que el decoro y la apariencia? ¿Cómo respirar si el aire que se me ofrece me da asco? ¿Cómo llorar si estoy seca?
Y me preguntas, y te preguntas, por qué... ¿Te das cuenta?... ¿De veras no te has dado cuenta? ¿No ves, querido, que todo lo dicho, al igual que siempre, no es más que un artificio, una trampa, para irme esfumando... mientras estas palabras aparecen?
lunes, 2 de abril de 2007
Dicen
Dicen que la vida es lo que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes. Dicen que el azar está a la base del destino. Dicen que la certeza es una ilusión y que la duda, el alimento del espíritu.
jueves, 22 de marzo de 2007
Palabras mudas
Quisiera tener el don de plumas. No desmerezco los propios, pero éstos poco y nada me sirven cuando me veo enfrentada a una hoja en blanco, curiosa por descubrir, gracias a la tinta, lo que tenía destinada a contener. Ya estoy harta de desilusionarlas imprimiéndoles palabras forzadas y frases mediocres. Sé que nunca podré escribir canciones desesperadas o sueños de alguna noche de verano y, aunque lo lamento, ya es hora de admitirlo: no sé escribir. Y lo admito triste y con rabia, envidiosa de la sutileza escrita de Paz, de la abandonada centuria de García Márquez, de la mistralía de la maestra.
Quisiera tener el don de plumas y no lo tengo. Lo he buscado en tiendas y almacenes, pero nadie lo vende, hay algunos que incluso no saben de qué hablo y otros que me dicen que pregunte la semana próxima. ¿Cómo puede ser que a nadie se le haya ocurrido comercializarlo en un país de poetas y pillos? He mirado en bibliotecas o entre las páginas de los libros y ha sido en vano, atenta también en la micro y en las calles por si algún escritor despistado deja el suyo olvidado por ahí, pero hasta ahora no he tenido éxito. Lo he pedido de regalo de cumpleaños en innumerables ocasiones y sólo he recibido ropa, música y chocolates, cuando yo lo que quiero es una pluma que esté viva, tan viva que corra sola por el papel plasmando lo que deba ser dicho y que sea mi pluma y que yo sea de ella. No es una receta lo que pido, ni manuales, ni listas de instrucciones, es más que eso; quiero la capacidad de escribir y de crear algo, de decir las cosas de una forma tan distinta que pareciera que están siendo dichas por primera vez… reinventar las palabras, reinventar el lenguaje.
Quisiera tener el don de plumas y no me resigno a su ausencia. Quiero que sea mío, poder pasearme con él, llevarlo a todas partes, de la mano, en brazos. Cantarle canciones y contarle cuentos. Y que sea mío, propio, de nadie más, sólo mío. Tomar el lápiz, contemplar la hoja en blanco y llenarla, saturarla de mi pluma, sentir su rasgueo contra el papel, la forma que la tinta va adquiriendo, el dibujo de los párrafos, el grito de las palabras, el bailar pausado de las comas con los puntos: todo parte de lo mismo, todo parte de un don que aún no conozco y que espero algún día atrapar y fundirlo en mi prosa.
Por ahora, sólo palabras torpes, ciegas y sordas, palabras que creen decir algo y no dicen nada: palabras mudas.
Quisiera tener el don de plumas y no lo tengo. Lo he buscado en tiendas y almacenes, pero nadie lo vende, hay algunos que incluso no saben de qué hablo y otros que me dicen que pregunte la semana próxima. ¿Cómo puede ser que a nadie se le haya ocurrido comercializarlo en un país de poetas y pillos? He mirado en bibliotecas o entre las páginas de los libros y ha sido en vano, atenta también en la micro y en las calles por si algún escritor despistado deja el suyo olvidado por ahí, pero hasta ahora no he tenido éxito. Lo he pedido de regalo de cumpleaños en innumerables ocasiones y sólo he recibido ropa, música y chocolates, cuando yo lo que quiero es una pluma que esté viva, tan viva que corra sola por el papel plasmando lo que deba ser dicho y que sea mi pluma y que yo sea de ella. No es una receta lo que pido, ni manuales, ni listas de instrucciones, es más que eso; quiero la capacidad de escribir y de crear algo, de decir las cosas de una forma tan distinta que pareciera que están siendo dichas por primera vez… reinventar las palabras, reinventar el lenguaje.
Quisiera tener el don de plumas y no me resigno a su ausencia. Quiero que sea mío, poder pasearme con él, llevarlo a todas partes, de la mano, en brazos. Cantarle canciones y contarle cuentos. Y que sea mío, propio, de nadie más, sólo mío. Tomar el lápiz, contemplar la hoja en blanco y llenarla, saturarla de mi pluma, sentir su rasgueo contra el papel, la forma que la tinta va adquiriendo, el dibujo de los párrafos, el grito de las palabras, el bailar pausado de las comas con los puntos: todo parte de lo mismo, todo parte de un don que aún no conozco y que espero algún día atrapar y fundirlo en mi prosa.
Por ahora, sólo palabras torpes, ciegas y sordas, palabras que creen decir algo y no dicen nada: palabras mudas.
lunes, 19 de marzo de 2007
Definiciones
Y no. Que no hay dolor sin gozo, ni pasión sin tormento. Porque ya ves, sí, ya ves que nada es por sí mismo. ¿Ni el amor? No lo sé, después de todo, de qué hablamos al hablar de amor; de qué hablamos al hablar de vida.
viernes, 4 de noviembre de 2005
Razones
Me he dado cuenta que posiblemente nadie más leerá este blog, mientras siento la delicia de la locura oculta recorrer mi mente. La sonrisa es inevitable.
Escribir aquí, sin más lector que yo misma, es prácticamente lo mismo que hablar sola en un rincón abandonado: nadie nunca lo sabría, pero la adrenalina de ser descubierta es arrobante. Podría gritar mi locura sin temores, sin mortal que pregunte por mis acciones. Podría ser libre.
Podré soltar mis demonios, mis fantasías, mis dudas, mis pecados, mi todo. Sin nadie a quien impresionar podré ser sincera: las paredes no juzgan, una audiencia ausente tampoco.
Cuento con la más absoluta y deliciosa soledad. Y todo el poder y las posibilidades se concentran en estas letras.
Escribir aquí, sin más lector que yo misma, es prácticamente lo mismo que hablar sola en un rincón abandonado: nadie nunca lo sabría, pero la adrenalina de ser descubierta es arrobante. Podría gritar mi locura sin temores, sin mortal que pregunte por mis acciones. Podría ser libre.
Podré soltar mis demonios, mis fantasías, mis dudas, mis pecados, mi todo. Sin nadie a quien impresionar podré ser sincera: las paredes no juzgan, una audiencia ausente tampoco.
Cuento con la más absoluta y deliciosa soledad. Y todo el poder y las posibilidades se concentran en estas letras.
Presentación
Tengo 21 años e ínfulas de escritora. A veces tengo aciertos, otras sólo palabras mudas. Mi mente y mi pluma suelen estar disociadas: la primera es lenta y la segunda es rápida. O quizás al revés.
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