Me sumerjo en la roca -dolor encarnado, corriges; en carne que no siente, te grito-. Ciega. Yerma. Me interno en el vacío. Tiemblo.
No quiero. No quiero ver: me estremece lo que hay. Esa mujer me paraliza, -¿y quién es ella? ¿Qué es?-, me acusa de ahogarla, esconderla, asesinarla. Y un grito muerto sale de mi garganta en forma de suspiro. Me resisto y aparto la mirada, porque no tolero el horror de lo que he hecho.
Soy cobarde, digo suplicando, llorando sin llorar. No puedo llenar estos zapatos: duelen tanto.
No sé más. Y el silencio lo invade todo.
