lunes, 14 de mayo de 2007

Invasión

Entras en mi boca. Furioso, a raudales, colándote impertinente. Acaricias mi paladar, juegas en mi lengua, te fundes en mi saliva. Te muerdo, te despedazo, sin piedad, sin contemplaciones. Y te trago. Bajas por mi garganta, pataleando, luchando contra mí. Llegas a mi estómago y me lastimas. Rasgas mi musculatura y me retuerzo de dolor. Sigues el camino: duodeno, yeyuno, ileon, y te absorbo: entras en mi sangre, esa sangre roja y densa, que a veces hierve y otras se derrama.

Y también te respiro, sin quererlo, sin desearlo: sólo porque estás ahí. Te arremolinas en mi nariz y llegas a mis pulmones. Los llenas, los hinchas. Bronquios, alvéolos, venas, sangre.

Una vez rojo, llegas a todo mi cuerpo. Dedos, piernas, ojos, pechos, piel. Me invades sin tregua, sin defensa posible. Y estás en todas partes, en todo rincón, en todo órgano, en todo lo vivo. Mas no en la piedra, no en mi corazón.