Un día es bastante poco. Dos, empieza a ser más difícil. El comienzo del tercero es horrible. Y para el cuarto sólo la ambición permite seguir con la titánica tarea. Respecto al quinto día, ni me entero, se trata de simple inercia: continuar con lo ya dado. Sin embargo, el sexto es el interesante.
El sexto día es el decisivo. Jamás he logrado pasar de él. Se aprehende el volar, el flotar, el ser ligera, pero sólo por un momento. No alcanzan a pasar las horas cuando, de pronto, el tiempo se detiene, todo se nubla y gira, el piso se levanta y el techo se retuerce. Me sumerjo en la vorágine de lo innombrable y caigo al suelo. Sólo el ruido sordo de mi cuerpo contra el piso quiebra el silencio. Luego ya no hay más.
