martes, 14 de agosto de 2007

Sentido práctico

Quizás no exista imagen más desalentadora que la del poeta que termina trabajando en un banco. ¿Qué sería de él? ¿O de ella, una poetisa frustrada que cambió los manuscritos por las pólizas de seguro? ¿Cómo no gritar ante esos días vomitivos, grises, llenos de nada, furia e impotencia? Porque no es carne lo que en realidad se prostituye. Porque son ellos los envilecidos, los que se pudren y desgarran de dolor, los nuevos despreciables. Y lo saben. Por eso callan, para que nada los delate, para negar su condición de vendidos. Lloran de noche, mientras duermen, despacio, ahogándose con la almohada, pero en las mañanas ignoran por qué sus ojos están hinchados.

Pero ¿y quién ha visto sus ojos? ¿Quién se atreve a internarse en la intimidad de nuestro poeta bancario? Porque ahí están concentradas todas las miserias, su alma es un cúmulo de todo el desepero de quien hubo de cambiar la pasión por la supervivencia. Porque nuestra poetisa, en el fondo, se oculta de a poco, se apaga, se muere. Poco le importa a ella la economía, los balances y los estados de cuenta; pero si don Quijote pudiese resultar alimento para su espíritu, no lo es para su estómago. Hamlet no paga las cuentas, ni la Bovary su hipoteca. Y ella, él, grita, día a día, mes a mes, año a año, sumida en la nada, en un lento marchitarse, ahogada en los versos que se atoran en su garganta, en sus dedos y que jamás verán la luz, porque le resultan intolerables, porque no, porque duelen.

Para ellos no hay consuelo y para nosotros... nosotros mejor apartemos la mirada.