viernes, 29 de septiembre de 2017

Silencios

(extractos)


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Y todo les cambió. Y les cambió mil y un veces. Rápido. No se dieron cuenta y ya estaban fuera. Ignorados. Marginados. Gradualmente cambiaron las visiones, los enfoques, los gustos, las expectativas, los medios, los roles… y el tiempo empezó a escasear. La experiencia perdió su peso en la balanza en pos de la innovación. Y los jóvenes ganaron terreno. Y a los viejos se los hizo a un lado. Luego enmudecieron. Ya no eran hombres, ya no eran mujeres; eran viejos. Viejos torpes y lentos, ineficientes e improductivos, poco rentables, caros: estorbos desechables. No sirve; se bota. El retiro dejó de ser una instancia de júbilo y, en un mundo en que el valor va acorde al rendimiento, los viejos se volvieron parias… y comenzaron a callar.


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Hemos condenado a nuestros viejos a la impotencia, olvidando que ésta no es el mal asociado al Viagra, sino que al silencio forzoso. Porque si los escondemos bajo la alfombra, la superficie aparece impecable. Si los disfrazamos y los drogamos y les mutilamos la piel que les cuelga, nadie notará jamás que no combinan con los muebles. Si no oímos sus voces, pronto dejarán de gritar y de ser una molestia. Si los llamamos adultos mayores (eufemismo vacío, por cierto, sin alma ni sustancia), puede que se note menos la indignidad de un cuerpo vencido. El arribismo ya no es por el status, hoy es por la juventud. Y porque la juventud es poder, los viejos callan.


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Porque ellos (¡y nosotros, no olvidemos que nosotros no nos libramos de ésta!) también lo hacen: se pudren y se mueren. En silencio, siempre en silencio, involuntario, con ojos gachos, labios resignados y gesto consumido. No pueden hablar, está proscrito; proscrito por un alguien, que nadie sabe quién, pero al que todos rinden pleitesía. Maldito sea quien mencione la muerte, maldito sea quien la encarne. ¡Que los tormentos caigan sobre quien nos ose recordar la condición de mortal y susceptible al dolor! Y no los miren, no volteen sus miradas a esas pieles curtidas por las décadas, a esas piernas torpes, a esas pelusas que cubren cráneos. No miréis esas manos, que son más hueso que carne, ni esos rostros calavera, que aluden al eterno y radical acabose. Malditos ellos también, que nos recuerdan lo que procuramos olvidar: no somos dioses.


Y los viejos, callan aterrados por ser descubiertos en su condición. Mueren en silencio, ocultos en fríos y asépticos hospitales, anestesiados para no enterarnos siquiera de su martirio. Porque morir duele: dejar de ser, abandonar la ilusión de perpetuidad, desprenderse de toda corporeidad, claro que duele. Pero no nos enteramos; la hemos silenciado, creyendo así que ha sido vencida; reprimido, deseando que no exista si se la calla. Igual que nuestros viejos, que al no ser pronunciados, que al mantenerse en el perfecto mutismo, poco a poco van perdiendo su peso, se van esfumando, diluyéndose en la bruma, hasta que de pronto, ya no están… y dejan de existir.


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