lunes, 11 de diciembre de 2017

Costo

Porque la Tierra, ni cruel ni compasiva, gira no más. A veces rápido y aparece la angustia; a veces lento y hay calma. Por delante, el horizonte es de cartón y témpera; y por detrás hay una aplanadora, una moledora de huesos.

En días como hoy, yo tiro de la piel de mi vientre, hundo mis uñas en mi carne y la hago girones, abriéndola, rajándola. Las tripas cuelgan y a cada paso que doy se balancean y caen, esparciéndose, quedando atrás. La aplanadora las reclama, pero no basta. Arranco mis ojos de sus cuencas, muerdo mi lengua hasta cortarla y la escupo para dársela a la bestia, que pide más. Desgarro mi hombro y el músculo se deshace en un puñado de huesos y membranas, que se trituran a mi espalda. La bestia se calma y yo, viscosa, medio caigo y soplo mis heridas. Mi sangre es transparente.

Pero la Tierra, ya lo sabes, no da tregua. Me levanto y sigo caminando, a tropezones, haciendo poca y mala cosa para avanzar. Necesito hacerme más liviana y urgo entre mis entrañas crudas. Y vamos de nuevo. Entonces ahora es la carne que sostiene mi cabeza, y la piel que la cubre. Y arranco mis labios rasgando hasta los párpados. Siguen las costillas, las quiebro y se astillan. Cae el corazón como una bolsa muerta, trayendo consigo a su red de venas,  y explota en mis pies. Mis pulmones se llenan de sangre y pierdo el aire.

Caigo y me arrastro, pero avanzando. Siempre avanzando busco qué más ofrendar. Hasta que ya no quede nada más que sombra.



(¿Entiendes? A esto me refiero cuando te digo que llegar hasta acá ha sido a costa mía).