jueves, 7 de diciembre de 2017

Estela - Estudio VII

Para que nadie se vaya a enojar, supongamos que se llama Estela. Todos sabemos que no se llama así, pero digamos que es Estela. Que conste que no conozco a ninguna Estela, ni por primer nombre, ni por segundo. Que yo sepa, claro. De hecho, me disculpo si alguna de mis amigas o conocidas se llama Estela y yo no lo sé. No es más que una infortunada coincidencia. Sepan que no voy a contar la historia de ninguna de ustedes, por lo que si estas líneas caen en manos de alguna Estela, no tiene derecho a sentirse identificada. Porque ella no es Estela.

Pero digamos que es Estela y callemos todo lo demás.

Ahora, es cierto que a Estela, no le va a gustar que la llamemos Estela. No es que tenga algo contra el nombre, Estela suena bien, pero le incomoda que haya consenso explícito respecto de la trampa. Pese a que ella gustosa se presentaría como Estela, pero siempre y cuándo no esté claro que no se llama así. O incluso, Estela no tiene problema de decir que es Estela, de hecho, le encanta y lo hace todo el tiempo, pero nadie le puede decir que no se llama Estela. Lo podemos pensar, y si lo hacemos con buen disimulo todo estaría bien, pero nunca decirlo en voz alta.

Pero da igual. Juguemos todos a que se llama Estela y que esto es un circo. Su circo. Juguemos a que éste es el escenario de Estela y que estamos todos dispuestos a su voluntad para que ella interprete su papel. Estela así lo querría. Digamos, entonces, que Estela es una actriz de circo. No quiero detenerme a explicar que su profesión no es realmente actriz, aunque en un sentido la describe maravillosamente. Háganme el favor de seguirme la corriente, sino esto será de nunca acabar, tal como son las cosas con ella. Digamos que ella es Estela y que Estela es una actriz.

Y digamos más: digamos que Estela es una actriz amateur y que ella lo sabe, pero se siente incómoda si se lo hacen saber. Digamos que le gusta representar tan bien su papel, que se deleita en pensar que lo hace bien y que le sale natural. No podemos decir que alguien le cree. Eso ya sería demasiado. Pero sí diremos que Estela está tan enamorada de su rol, que nunca lo suelta y ha llegado a creerse, pobre de ella, que su performance insuficiente es más que una representación. Estela cree que eso es una vida.

Entonces así va ella. Día tras día, poniéndose el rostro de Estela y la ropa de Estela y usando las palabras que usaría Estela. Porque Estela, o cómo diablos sea que se llame, es su invención. Su fidelidad está con Estela, sepa Dios por qué, y como Estela se levantará y se acostará, y también como Estela te hablará. Todo porque ella, y a fuerza de tanto montaje nosotros también, ha olvidado su nombre.

Y, en fin, ¿quién es esta Estela? Suspendamos el juicio y dejemos de lado que Estela no es nadie. Pero si estoy hablando de ella, es que Estela es parte de esta historia. Y vaya que lo es.