jueves, 28 de diciembre de 2017

Recuerdos

Al principio se trataba de purgar los pecados de poca voluntad, pero rápido descubrí que lo adictivo no eran los sabores ni las texturas, bien podría haber tragado papel, sino que ese abrazo que sentía cuando mi cuerpo estaba abatido por las arcadas y el vómito. Porque la angustia se iba con todo lo demás y quedaba flotando fuera de mí. Lejos. Y mi cuerpo se entibiaba y me sentía liviana otra vez. Y ya nada importaba. Y era libre.

El ritual era macabro, sí, y más de alguna vez lloré y me supe presa. Todo eso es cierto, pero a veces lo echo de menos y quisiera volver a atorarme los dedos en la garganta para recordar ese calor y dejarme caer. Cuando lograba expulsarlo todo, tenía la certeza que estaría bien y que sería capaz de lo que sea. Se trataba de mi consuelo, porque era mío, tan profundamente mío. Y, entre olores nauseabundos, podía respirar en paz.

Siempre supe el daño. Más de alguna vez sangré. Tenía calambres y creo haberme desmayado un par de veces. Nada importaba. Era el único momento que podía conectarme con esa fragilidad inoportuna y darle rienda suelta. Podía ser yo y bien valía la pena morir por eso.