La sala se llenó de sapos, mientras el vacío aumentaba en su densidad. Los sapos croaron, reemplazando mi voz. Hablaban los sapos. Los sapos y las culebras. Es que le conté que exploro mis venas, que la baranda de la terraza me hace un guiño, que las pastillas en mi velador se han convertido en canto de sirenas. Y la muerte salió por mi boca, intensa y violenta. Y los fantasmas de una época más oscura ennegrecieron el ambiente.
Entonces, cuando llegó la hora de partir, tomé mis sapos y mis culebras, los volví a esconder y salimos hasta la próxima semana.
