Y justo cuando una calma soporífica se adueña de mis días, una tranquilidad artificial, una paz que me descuajeringa; justo ahí, vuelvo a las tinieblas y olvido respirar. Justo cuando pensé que me envenenaba y me despedía de mí misma, justo cuando sentí que dejaba de ser yo, vuelve mi asfixia, mi opresión, mi dolor de nada. Vuelve esa desesperanza malagradecida de niña malcriada, de criaturita insignificante.
Perfecta, me dice él. Perfecta. Bonita, bien vestida, con todo a su favor y, sin embargo, se da el lujo, como si no lo tuviera todo ya, de tener miedo a ser descubierta como un fraude. Perfecta y se abre la puerta y me siento muerta. Y por primera vez quiero llorar a gritos, por esa soledad que también nombra y que al nombrarla invoca, y que al invocarla me golpea... O por estúpida, quién sabe. Me ve, me lee, me interpreta y me deja desnuda sin más armas que un par de recetas.
Entonces de a poco se empieza a fraguar en mi pecho esa inmensidad densa. Y con mis manos quiero desgarrar mi piel, romper mis huesos, desinflar mis pulmones y arrancar mi corazón, o apretarlo para que cesen sus latidos, o rasgarlo para que se desangre. O quiero cerrar mis ojos hasta reventarlos y esperar una muerte que llega solo a medias. O aplastar mi cabeza con las rodillas. O quebrarme los dedos. O tirar de mi pelo. O enterrarme las uñas. O doblarme en dos y no levantarme jamás.
Señores, la clave del asunto no está en la compulsión del no comer o del comer excesivo. No es control, no es acotar algo y tenerlo como un juego lejos de mí. El hambre, la fatiga, coquetear con el desmayo: todas tretas para estar cerca de una pseudo-muerte, porque sólo quien está muriendo sabe que aún está vivo. Y se equivocan si creen que hay culpa en el vómito. No la hay. Hay un júbilo oscuro, retorcido. La ola de alimentos rechazados, bilis, jugos gástricos y sepa Dios qué asquerosidad más, arrastra consigo la angustia, limpiando mi pecho y aflojando el nudo de mi garganta. No busco saciar el hambre, sépanlo ya, busco barrer con todo. Y encontrar una calma que sí me pertenece.
