jueves, 8 de noviembre de 2018

Metro

Una red de serpientes recorre el Santiago subterráneo. Engulle y vomita miles de almas grises, que miran sus zapatos y manos para escapar del incordio de estar a solas. Una voz se alza. Canta. Nadie lo mira, nadie se sorprende, a nadie le interesa. Es un hombre sin dientes, que oculta sus ojos. Flaco. Pobre. Canta a cambio de unos pesos para volver al vino dulce. Algunos compran su silencio, otros prefieren escarbar en sus celulares. Pero el comercio ambulante está prohibido: así lo dicen los carteles. Prohibida la música, buena o mala, y el hombre no puede vender su voz. Lo saca un guardia discreto y el resto seguimos nuestro viaje.