viernes, 26 de marzo de 2021

A los anillos de Saturno no les importa si te quiere o no. Les da igual si vuelve después de comprar cigarrillos y más aún si lo hace con flores o mala cara. 

Digamos más. Desde los anillos de Saturno no interesan Standard & Poor's ni el Dow Jones. Da lo mismo la guerra en Yemen, Norcorea y Trump. No les quita el sueño ni el hambre en África ni el derretimiento de los polos. De hecho, los anillos no duermen. 

No supieron de Roma, tampoco de dinosaurios. Desde ahí el sol apenas parece un puntito y todo nuestro ruido no alcanza ni para murmullo. Son tan grandes que el tiempo se hace corto, o largo, o ancho, y no hay diferencia entre un siglo y un suspiro. Dicen que se están desvaneciendo y que apenas durarán algunos cientos de millones de años. Pero no hay angustia en los anillos de Saturno.

No tienen ojos. Ni oídos. Ni manos. Y si pudieran decir algo, seguramente guardarían silencio. Ese mismo silencio en el que están suspendidos, girando en torno a una roca enorme, que no se maravilla ante su belleza.

Lo cierto es que no hay anillos. Sólo son miles y miles de pedacitos de hielo lanzados a su suerte, como un cristal que estalla en cámara lenta.