La condición estructural, y estructurante, del bípedo mortal no es, como dicen, su muerte.
Es la soledad a la que está condenado por los límites que establece
la densidad de la piel,
la torpeza de la lengua
y el cansado tic tac del reloj.
Los dedos siempre encuentran resistencia. Siempre. Y siempre.
No cruzan, no aciertan y, en un nivel microscópico, ni siquiera tocan.
Las palabras son artilugios impotentes.
Y el bípedo, pobre pobre bípedo, va errante creyendo y haciendo creer que cree en lo que sabe que no.
(Y sí, también muere)
