Son miles quienes lo ven día a día y sólo yo lo reclamo, con derecho, como propio. No sólo es mi puente, sino que también soy suya. Nos pertenecemos mutuamente, desde siempre y para siempre: él fue construido para mí y yo nací para él.
La noche en que nos encontramos, en que nos reconocimos, hace ya algunos años, acababa de llover. Y hacía frío. El viento arremolinaba mi pelo, congelaba mis manos y hacía que mi cuerpo temblara aterido. Subí hasta lo más alto, a paso lento y confiado, reconociendo mi territorio, dejándome acariciar por él, besándolo con mis pies. El cemento nunca fue más cálido, las pisadas nunca más dulces. Miré Santiago, la cordillera, el río, los árboles, y el vértigo invadió mi alma, y mi puente me rozó con la baranda, mientras dos ojos verdes se clavaban en mi alma, fijándose en mi memoria y en la roca.
Han pasado muchos años y, cada cierto tiempo, mi puente me recibe y lloramos juntos por aquellos días que no volverán, mientras que los fantasmas del pasado reviven y nos abrazan. Nos miramos en silencio, nos tocamos como esa vez y renovamos el juramento de jamás olvidar. Porque nos pertenecemos, porque en mi sonrisa está su forma y en sus peldaños, mi sangre. Y él, magnífico, con su porte señorial, me atrapa y me envuelve. Y yo, sin quererlo, poco a poco me abandono... hasta que volvemos a ser uno.
("En Macondo comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver")
