lunes, 21 de mayo de 2007

Propiedad privada

Hay un puente que es mío. Mi puente. Porque él guarda recuerdos tan propios, tan secretos, porque fue sobre él que me sentí viva, tan viva y con el río a mis pies. Mi eterno puente curvo; mi eterno cómplice y centinela.

Son miles quienes lo ven día a día y sólo yo lo reclamo, con derecho, como propio. No sólo es mi puente, sino que también soy suya. Nos pertenecemos mutuamente, desde siempre y para siempre: él fue construido para mí y yo nací para él.

La noche en que nos encontramos, en que nos reconocimos, hace ya algunos años, acababa de llover. Y hacía frío. El viento arremolinaba mi pelo, congelaba mis manos y hacía que mi cuerpo temblara aterido. Subí hasta lo más alto, a paso lento y confiado, reconociendo mi territorio, dejándome acariciar por él, besándolo con mis pies. El cemento nunca fue más cálido, las pisadas nunca más dulces. Miré Santiago, la cordillera, el río, los árboles, y el vértigo invadió mi alma, y mi puente me rozó con la baranda, mientras dos ojos verdes se clavaban en mi alma, fijándose en mi memoria y en la roca.

Han pasado muchos años y, cada cierto tiempo, mi puente me recibe y lloramos juntos por aquellos días que no volverán, mientras que los fantasmas del pasado reviven y nos abrazan. Nos miramos en silencio, nos tocamos como esa vez y renovamos el juramento de jamás olvidar. Porque nos pertenecemos, porque en mi sonrisa está su forma y en sus peldaños, mi sangre. Y él, magnífico, con su porte señorial, me atrapa y me envuelve. Y yo, sin quererlo, poco a poco me abandono... hasta que volvemos a ser uno.



("En Macondo comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver")