"Aparecía ella y la tierra temblaba... Quédese con ella. No la pierda."
¿Y de quién hablan? ¿De la adorable Elsa? ¿De la escurridisa Estela? ¿De la leyendaria Scarlet? ¿De la mítica Sofía? Porque ellas sí que eran mujeres. Ellas sí.
O la espalda desnuda de la que inspiró el Ojalá de Silvio, la pasión de la que Pablo Milanés recuerda en El breve espacio en que no estás. Ana se volvió roca blanca esperando a su amado, el de Amanda nunca volvió, a Yolanda le fue consagrada la eternidad. Y la sonrisa de cierta señora ha trascendido generaciones.
Isadora revolucionó los escenarios, George no podía más que ser mujer, Marie fue la primera en pisar las aulas desde otro ángulo.
Helena tiene su nombre manchado en sangre, y ésta brotó del pecho de Dido tras el abandono, que Penélope supo soportar estoica. Io conocía los misterios de la inmortalidad, que Níobe encarnó al transformarse en roca lacrimógena.
Teresa escandalizó a la sociedad viñamarina del XIX y murió sola en París ("Morir, después de haber sentido todo y no ser nada..."), Lucila recibió de la tierra que odiaba honores tardíos, que para María Luisa nunca llegaron.
Mujeres que inspiran grandes pasiones y grandes tormentos, que pasan flotando lentamente. Son ellas las que mueven todo. Ellas las excepcionales, las que son admiradas, queridas y envidiadas. Para las demás, el abandono, la planicie, la mediocridad...
