El caballero andante solía vagar en su caballo blanco buscando aventuras que lo ayudaran a olvidar. ¿Olvidar qué? Generalmente a una bella dama que lo hubiera traicionado, el amor no confesado a una joven reina, unos ojos brillantes que tuviese aún clavados en el corazón. Sobre sus hombros lleva un gran peso, que por supuesto no corresponden a la armadura, sino que a los recuerdos de cuando bastaba la sola presencia de aquella fémina. De pronto, levanta la cabeza, a lo lejos escucha el dulce canto de una mujer. Acelera el paso y se encuentra con un castillo sobre una colina. En la torre más alta la ve y cree leer en su rostro la desesperación. Es la princesa encerrada por un dragón, alejada del mundo, apartada de todo. Se acerca lleno de valor, pero el caballo se detiene en seco. El relincho del animal lo pone en aviso; el monstruo está sentado a los pies de la escalera que lleva a la torre y lo mira fijamente, atento a todos sus movimientos. El pánico no logra petrificar al caballero: ¡hay que matar al dragón!
Lo que el héroe no sabe es que el dragón está enamorado de la princesa. Y cómo no iba a estarlo; de otro modo no podría tirar fuego por la boca. La había secuestrado por amor y por eso la mantenía alejada del mundo, para que conservara su pureza, para que no se corrompiera con los engaños y para traspasarle, de la única forma que sabía, todos sus conocimientos sobre lo que realmente vale la pena.
¿Y la princesa? Ella canta asomada por la ventana. ¿A quién mira? ¿En quién piensa?
Las leyendas cuentan que el hombre de armadura vencía a la bestia, subía a la torre y rescataba a la damisela. Pero ¿y si no hubiera sido así? Tal vez la princesa también amaba a su carcelero, quizás estaba ahí por su voluntad y le cantaba al dragón. Lo cierto es que no había dragón, ni castillo, sino un simple campesino enamorado, que vivía alejado en su cabaña y que había rescatado a la princesa de un mundo que la ahogaba, porque ella tenía sed y ni siquiera sabía que existía el agua, no se lo habían dicho, ¡lo peor es que ni se lo habían dicho! Tampoco había armadura, aunque sí caballero, que creía firmemente en sus ideales de justicia y que no lograba comprender qué podía motivar a la princesa para haber escapado de su destino.
El verdadero final nadie lo sabe. Es probable que el caballero se haya alejado llorando de aquel lugar y que, de una vez por todas, haya podido olvidar su pasado al ver, atónito, cómo la princesa se interponía gritando entre la espada y el cuerpo de su amado; que el dragón se haya convertido en un ermitaño al conocer tan de cerca el dolor y que la princesa por fin haya podido desplegar sus alas y saciar su sed.
Aún quedan unos pocos dragones, pero están escondidos. Sólo hay que saber dónde buscarlos.
