(O sobre dónde está el alma en la psicopatología)
Criterios diagnósticos según el DSM-IV.
A. Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por:
1. Ingesta de alimento en poco espacio de tiempo (p. ej. en un período de dos horas) en cantidad superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período de tiempo similar y en las mismas circunstancias.
2. Sensación de pérdida de control sobre la ingesta de alimento (p. ej. no poder parar de comer o no poder controlar el tipo o la cantidad de comida que se está ingeriendo)
(En la más profunda soledad, un par de brazos me sostienen. Pero no son de carne, no son cálidos, ni amables, ni evocan a esa madre esquiva que poco entiende de penas. Es que el hambre me inunda, pero no es hambre que se calme con la saciedad, porque no conozco que pueda ser aquello. Es vacío, es cansancio, es buscar sin saber qué y no encontrar. Porque aquí jamás se encuentra. Es la angustia y el horror, la materialidad de mis miserias.
Uno no hará daño, pienso, quizás esto tampoco y qué delicia un tanto de lo de más allá. La voracidad me invade y un ente siniestro se apodera de mí, sumergiéndome en la vorágine de lo grotesco. Ya pensaré más tarde. Por ahora basta con llenar y llenar. Más y más. Rápido. No hay límite, no hay decoro y, sin duda, no hay elegancia. Tampoco hay placer. Rápido. No es preciso masticar, el deleite está proscrito. Más. Rápido. Traga, traga, traga.
Y no quiero. No más. Me atoro con mi llanto y mis lágrimas mojan mis manos, que están llenas de aquello que detesto, pero que no puedo evitar. Y mi boca, saturada, infesta, maldita. Y maldita yo. Mil veces maldita. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?
Y en sólo cuestión de minutos los desechos acusen mi vergüenza. ¿Dónde lo escondo? ¿En qué me oculto?)
B. Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin de no ganar peso, como son la provocación del vómito; uso excesivo de laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos; ayuno, y ejercicio en exceso.
(Los platos vacíos, la basura desparramada por el suelo, la desolación oculta en lo que ya no está. No eres más que un animal. La cordura vuelve y con ella la racionalidad. Y la culpa, punzante, cae en todo su rigor, obligando que mis rodillas se doblen ante ella, tomándome del cuello y volviéndome su esclava. Sé que tengo media hora para revertir lo sucedido, apenas treinta minutos para que la biología haga lo suyo y el pecado de manifieste. El ritual es el de siempre. Tomo mi pelo y comienza la macrabra ceremonia. No hay belleza, no hay poesía; sólo un espectáculo sórdido, con mis demonios espectantes. Tres dedos son los protagonistas y el monótono correr del agua es interrumpido por sonidos que delatan, poco a poco, el éxito de la operación y mi derrota. Pero no es momento de llantos. Aún no. La primera arcada es la más difícil, es la que me avisa a gritos que aún es tiempo de detener la debacle. Pero mis oídos son sordos hasta volver a la añorada ingravidez y no prestan atención a la voz de la sensatez. Es preciso terminar el exorcismo.
Levanto la mirada y el cadaver me observa. Tiene puesta mi ropa y en él reconozco mis gestos. Un golpe violento cruza mi rostro. La agresora es mi mano, que no se acobarda por consideraciones de poca monta. Bien merecido. Una lágrima y otro golpe. Estúpida.)
C. Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen lugar, como promedio, al menos dos veces a la semana durante un período de tres meses.
(Atrapada, prisionera en la herejía de soñarme deseable. El precio es muy alto y se paga con la sangre que he de derramar a diario. Sé que no será la última vez. Pero a veces prefiero una buena mentira.)
D. La autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta corporales.
(El espejo, el jodido espejo, juez implacable que acusa mis pecados, mis horrores, mis pequeñeces, está frente a mí, devolviéndome una imagen que no quiero ver. Me condena, frío, exacto, por crímenes de poca voluntad. Me desprecia y no lo culpo. ¿Cómo podrás ser mujer si tus formas repugnan? ¿Cómo te atreves a llamarte hembra si es un vestido que no te queda? Me cuestiona insolente y no puedo más que desviar la mirada y admitir, humillada, la derrota. Y no es vanidad lo que he perdido. Lo que me asfixia, lo que de verdad me resulta mortal es no poder sentir el roce del otro. Es saberme tan de piedra...)
E. La alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de la anorexia nerviosa.
(Y me escondo. Perdida desde siempre en las sombras... hasta la próxima ocasión.)
