domingo, 26 de agosto de 2007

Insomnio

Sería sencillo. Tomar el revólver que tiene escondido en la cómoda, sé que no se deshizo de él cuando se lo pedí, cargarlo tal como alguna vez me enseñó, quitarle el seguro y acabar con todo. Los niños no están y quizás no haya otra ocasión más propicia que esta noche. El sonido del disparo podría ser un inconveniente molesto, ya que alertaría a los vecinos, entorpeciendo la intimidad del momento. Hay cosas que sólo conciernen a un marido, su mujer y su revólver, pero los entrometidos jamás comprenderán eso. Aún así, sería delicioso: subirme sobre él, tal vez excitarlo y dejar que me penetre. Sí, definitivamente que me penetre con los ojos todavía cerrados y sin saber si está dormido o no. En la más completa oscuridad y el más absoluto de los silencios, interrumpida, tal vez, por el insoportable andar del secundero de su reloj. Y de pronto ¡pum! Un tiro, sólo uno, sorpresivo, certero, limpio, que cubra las sábanas y las paredes de sangre, sesos y fragmentos de cráneo. Porque sí. Sin más razón que un disparo en la cabeza; me parece más poético de ese modo, que le estallen los sesos la última vez que me tenga encima. Es que siempre quise que la despedida fuese un despliegue espectacular de dramatismo. Así nada más, sostener el arma con ambas manos, con los brazos estirados a pocos centímetros de su frente, tirarle un beso, jalar del gatillo con decisión y volverme viuda. Rápido y sencillo. Y luego inclinarme sobre su frente, con mis piernas aún abiertas sobre él, y besar la redonda y sangrante abertura en su cráneo. Y hacer el amor, como un romántico tributo a los viejos tiempos.

Pero hoy no. Mañana tengo un día de locos y no podré encargarme de preparar el funeral que se merece. Quizás mañana... Sí, mañana será el día.